Ven a mi mundo

 

   De aquí y allá    

 

 

El flautista *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Cada vez que escucho una orquesta, y especialmente una banda municipal, mi atención se concentra en el señor que toca la flauta. A pesar de ser amante de la música, me olvido de la melodía, desoigo las notas, descuido los compases, por entregarme de lleno a una serie de divagaciones en relación con el flautista.

 

Suele ser éste un hombre de edad indefinida, unas veces muy gordo y otras muy delgado, pero siempre con aire melancólico y gesto de resignación. El hombre toca y toca su flauta. Aspira, infla los carrillos y después sopla concienzudamente, mientras sus dedos recorren el tubo de arriba a abajo y de abajo a arriba, con saltitos de ballet. El flautista jamás mira al director y menos a sus compañeros filarmónicos o al público que tiene enfrente. Clava sus ojos tristes en el pentagrama y se entrega de lleno a su instrumento, con devoción de encantador de serpientes.

 

* * *

 

Y uno piensa: ¿en qué momento determinado de su vida decidió este señor dedicarse a tocar la flauta? ¿Cuándo tomó la decisión, grave y definitiva, de emplear sus energías, consagrar su talento, destinar su tiempo, en suma, ofrendar su vida, a tal actividad? ¿Por qué renunció a la medicina, al comercio, a la escultura, a la política, a la farmacéutica o a la marina de guerra, para dedicarse de lleno a la flauta? ¿Qué fuerzas cósmicas lo indujeron a concentrar todos sus esfuerzos en la transformación del viento en notas, al través de un caramillo? Podrá argüirse que al señor le gustaba la música, pero entonces cabe preguntar: ¿y por qué diantres escogió precisamente la flauta?

 

Todo ser humano, al llegar a cierta edad, se enfrenta con el terrible problema de decidir cuál va a ser su actividad en la vida. Desde luego influyen mil factores: la herencia, la vocación, los recursos económicos de que se disponga; la ambición, las repugnancias, las propias habilidades. Hasta hace relativamente poco tiempo, la ilusión de todas las familias era la de que sus vástagos fueran profesionales. Médico, abogado, ingeniero, químico o arquitecto. De repente salía un hijo topógrafo o veterinario, pero en fin. En el siglo pasado, se soñaba con que el chico fuera cura o militar. A veces lo era y ponía al país de vuelta y media. En la actualidad los retoños aspiran a convertirse en astronautas, futbolistas, baladistas con melena y guitarra eléctrica o en contrabandistas de mariguana. Los más prácticos y sensatos quieren llegar a ser presidentes del PRI.

 

Nosotros mismos, en nuestras ya lejanas mocedades, quisimos ser corsarios o detectives, influidos por las novelas de Salgari o las aventuras de Sherlock Holmes. Soñamos con ser exploradores en las selvas del Amazonas o tenientes en un submarino alemán. Más tarde ambicionamos convertimos en abogados, médicos, ingenieros u hombres de ciencia, aunque a la larga. Nos hayamos conformado con una chambita en Hacienda.

 

Pero… ¿el flautista? ¿Quiso desde pequeño -y con toda su alma- tocar la flauta, o simplemente la tocó por casualidad? ¿En qué momento de su vida se contempló en un espejo y se dijo a sí mismo, con toda seriedad, que su futuro estaba en tocar la flauta? Porque evidentemente existió ese momento decisivo, terminante, definitivo, en que decidió ser flautista. Ese momento crucial en que renunció a las pompas de este mundo, a las riquezas, a las mujeres exóticas, a los trinquetes e inclusive a la venta de seguros, para dedicarse en cuerpo y alma a tocar la flauta.

 

Al escucharlo, y al ver que sopla y sopla en su instrumento con gesto de resignación y a veces de melancolía, no puedo menos que hacerle mentalmente la pregunta:

 

-Señor… perdone usted... ¿cuándo, cómo, por qué se hizo usted flautista?

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Cien años de humedad”.

 

 


 

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