/ / Marco A. Almazán  

 

 

 

 

La arquitectura como frustración *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Agotados todos los comentarios sobre el último partido de cricket, el último discurso de Mr. Wilson en el Parlamento, la última devaluación de la libra esterlina y la perdida de la última colonia, un silencio denso, casi tan palpable como la niebla que envolvía el castillo, se abatió sobre Lord Pepe Wood y sus invitados. Reunidos en la biblioteca, bebiendo sherry, fingían gozar de aquel fin de semana en la mansión  ancestral del noble británico.

_ Mucho me temo  _se aventuró a decir lady  Pettifogger,  disimulando un bostezo con la página financiera del “Times”_, que en donde verdaderamente se divierte uno como un enano en el castillo de lord Highpepper.

_ ¿Lo dice usted acaso por el fantasma familiar que se aparece a medianoche con la cabeza en la mano y chorreando sangre? _preguntó el marqués de Watersbury.

_ Desde luego que no. Nuestro anfitrión de hoy la aventaja en fenómenos espectrales. Aquí se aparecen dos fantasmas, uno de ellos el de un borrego con cara de niño, que recorre  balando los corredores y desaparece por la chimenea del comedor.

_ Yo soy alérgica a los borregos _opinó la duquesa de Bloom Stone, que era alérgica a todo  menos al whisky.

_ O posiblemente, lady Pettifogger, se refiere usted a la  circunstancia de que en la mansión de lord Highpepper vive uno de los últimos melenudos, quien, metido en una jaula con una foca, alardea de que es su  nueva amante _comentó sir Philip Mondago-Bay.

_ Tampoco _dijo lady  Pettifogger  sacudiendo la ceniza de su puro_. Me refiero a que lord Highpepper ofrece a sus invitados, todos los sábados en la noche, un crimen en la biblioteca.

_¡Qué horror! _exclamó miss Flummery, que era muy melindrosa_. Bien podrían cometer el crimen en el jardín cuando menos.

_ Ya se intentó una vez ---replico lady Pettifogger_, pero pasamos un frío tremendo por la maldita neblina.

_ El inconveniente de los crímenes en las bibliotecas _observó la baronesa viuda de Shelley-combe---, es que interrumpen a las personas que leen.

_ Siempre se puede pedir a los lectores que pasen a otro salón a tomar el té mientras se comete el crimen ---razonó el rubicundo coronel Standford.

Todos  los invitados asintieron con un movimiento de cabeza, mientras Watson, el cadavérico mayordomo, les servía más sherry.

_ Yo también podría ofrecer a ustedes un crimen todos los fines de semana _dijo al anfitrión, lord Pepe Wood.

_ ¿De veras? ---exclamaron los invitados, alzando una ceja_. Pues sería simplemente wonderful.

_ ¡Con lo divertido que es tener a la policía tomando huellas!  _suspiro lady Pettifogger, entornando los ojos---. Y luego los interrogatorios a los sospechosos, cada vez más acuciantes.

_ Es divertido, en efecto ---asintió lady Pepe Wood, la dueña del castillo, con una sonrisa frígida---. Sin embargo, el único problema es que cada crimen me echa a perder una alfombra, pues se ponen que dan asco con la sangre. Luego tengo que mandarla a la tintorería, y la cosa me sale como lumbre.

_ ¿Pero a quién se le ocurre tener alfombras en estos tiempos de gobierno laborista y altos impuestos? ---intervino, desdeñosa, la marquesa de Chichester_. En el castillo de lord Highpepper han puesto unas losetas de linóleo que son un sueño. Después de cada crimen se pasa el trapeador y no queda nada.

_ También podríamos poner cubiertas de plástico _propuso lord Pepe Wood para animar a sus invitados.

_  ¿Huy, con lo frío que es el plástico! _objetó miss Flummery.

_ En todo caso se puede poner un piso de mosaicos, con calefacción interna. En Harrods venden el equipo completo y dan facilidades de pago _sugirió el coronel Stanford.

_ En los almacenes Goosseberton tienen los mismos equipos a mejor precio y, además, obsequian una caja de whisky con cada compra que pase de cincuenta libras _cacareó la duquesa de Bloom Stone.

La conversación había prendido. Enredados en una discusión sobre pavimentos y animados por las subsecuentes rondas de sherry, los invitados de lord y lady Pepe Wood ya no echaron de menos el crimen de fin de semana, tan habitual en los vetustos castillos británicos.

 

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “El libro de las comedias”.

 

 


 

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