Ven a mi mundo

 

   De aquí y allá    

 

 

Fiestecita infantil de cumpleaños *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Atila cumple cuatro años —me dijo mi mujer, refiriéndose al más pequeño de nuestros hijos—, y creo que ha llegado el momento de ofrecer una fiestecita infantil en su honor.

 

¿Una qué? —pregunté, levantando la mirada cansina de sobre las teclas de mi vieja y bien amada máquina de escribir.

 

Una fiesta para niños  repuso ella con la precisión que la caracteriza—. Hasta ahora sólo le hemos comprado su pastel y tú después te has puesto a beber con tus amigotes.

 

Pero como Atila ya va al kínder, podemos invitar a sus compañeritos.

 

—Mujer, tú sabes que nuestra póliza de seguro no cubre esos riesgos...

 

—No solamente eres egoísta, sino además padre desnaturalizado. Cuando se trata de tus ex condiscípulos y actuales contertulios, que Dios confunda, estás dispuesto a echar la ventana por la casa.

 

Querrás decir la casa por la ventana corregí mansamente—. En todo caso, mis amigotes, como tú los llamas, no queman cortinas ni ponen bombas.

 

Ante la inminencia de un broncazo, accedí a que se diera la fiesta infantil en honor del pequeño Atila.

 

* * *

 

El primer problema surgió al hacer las invitaciones. Mi mujer trajo cuarenta y nueve tarjetas impresas y me dio instrucciones de rellenadas.

 

No les pongas “don” me dijo—. Se trata de criaturas.

 

—Muy bien. Veme dando los nombres. Aquí entró al quite nuestro hijo.

 

—Una para el Pelucas.

 

—¿Pero cómo se llama?

 

—Pelucas.

 

Cuando Pelucas vino a casa, en un coche que parecía locomotora, su padre, muy tieso, me informó que para efecto de futuras invitaciones (si era que las aceptaban), el niño se llamaba Iñigo Sócrates Leoncio Monsánchez Gorozpe y Hurtado de Mendoza, y que eran descendientes de los marqueses de Villaespesa. —Mucho gusto —le dije anémicamente.

 

* * *

 

La fiesta se inició con una descalabradura. Después otro pequeño se negó rotundamente a entregar el regalito que traía para mi hijo. Obviamente no sabía qué clase de gato montés es Atila. Atila se le echó encima, lo mordió y le arrebató el regalo. El invitado, a su vez, lo agarró del pelo y le soltó un par de patadas en la espinilla. Su nana, sin embargo, los separó con sendas bofetadas y después se marchó a la cocina. Ahí se vio rodeada de otras nanas que hablaban de seguro social y semanas de cuarenta horas, y que entre paréntesis acabaron con dos cajas de Coca Colas y se bajaron dos de mis botellas de ron de altura. Mientras tanto fueron llegando otros niños y niñas, muy acicalados y modositos, todos con regalos envueltos en papel de China. El ochenta por ciento de estos regalos resultaron ser revistas cómicas. El veinte por ciento restante, jabones o cochecitos de plástico de $ 1.20.

 

Hacia las seis de la tarde la fiesta infantil entró en su apogeo. Dos chiquillos habían vomitado en la sala, sobre la alfombra, y todos los demás estaban jugando al futbol con nuestro aparato de televisión como gol. Un nene que llegó vestido de Batman se colgó de la piñata y frustró la diversión de los demás, ya que se vino al suelo con todo y ella. Afortunadamente mi mujer, siempre previsora, había comprado otra piñata de repuesto. Cuando la deshicieron a palos (a la piñata), se encontró que entre frutas y dulces estaba incluida una criaturita de dos años, que nadie supo cómo se había colado en la olla.

 

Hubo golpes. Mordieron y fueron mordidos. Derramaron los refrescos por toda la casa. Jugaron a la lotería, con mi pipa como premio principal. Dos niñas dieron a luz: quiero decir, que se apoderaron de una caja de cerillos e incendiaron las serpentinas y los adornos de papel de China, además de los mapas que tenía en las paredes de mi despacho. Un gringuito le pegó a un chiquitín de marcadas facciones orientales, diciendo que era chino comunista. El supuesto chinito lo hizo dar tres vueltas en el aire con un experto golpe de karate, pues resultó ser japonés. Dos nenes provocaron un corto circuito al meter horquillas en un enchufe. Cuando por fin volvió la luz, mi mujer los congregó y todos cantaron “cumpleaños feliz...”

 

Cortaron el pastel. Un niño se tragó una vela encendida y hubo que llamar al médico. Cuando éste llegó, los chavales le desinflaron las llantas de su coche. Mientras tanto, un chiquillo precoz llamó por teléfono a la policía. El coche de la patrulla fue recibido a ladrillazos. Uno de los patrulleros se atrevió a entrar en la casa, revólver en mano, pero un pequeño le saltó encima desde un árbol, lo desarmó de un mordisco y luego lo correteó por toda la casa apuntándole con su propia pistola.

 

Atila celebrará su próximo cumpleaños en alta mar. Y solito, se lo juro a ustedes.

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Cien años de humedad”.

 

 


 

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