Ven a mi mundo

 

   De aquí y allá    

 

 

La fiesta *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

El niño estaba invitado a una fiesta infantil, pero su madre no se decidía a darle permiso para ir, pues conocía de sobra las malas artes del pequeño y su inclinación a las travesuras más endiabladas, incluyendo la colocación de petardos y la quema de bienes muebles e inmuebles. El niño, a pesar de sus escasos siete años de edad, contaba en su haber el descalabramiento de otras cincuenta y nueve  criaturas, la puesta en libertad de los leones de un circo ambulante, el rompimiento de innumerables vidrieras propias y ajenas, la vivisección de casi todos los perros y gatos del barrio, catorce cortocircuitos intencionales, la pedrea de vehículos particulares y de transporte urbano y el asesinato de un locutor de radio:

Por todas estas razones _y muchas más que sería prolijo enumerar_ se comprenderá que su madre se mostrara reacia a dejarlo ir a la fiesta. Sin embargo, los amiguitos que la ofrecían insistieron tanto en que fuera el chico, que eventualmente la señora dio su consentimiento, si bien con hartos temores y corazonadas de que iba a suceder algo muy gordo.

Aquella tarde, por fin, vistió a la criatura  con sus mejores galas, después de haberlo bañado y peinado concienzudamente.  Y mientras pasaba examen final a su atuendo, le advirtió con toda severidad:

_ Elpidio Garrigurrigoitia _que así se llamaba el nene por ser descendiente de pelotaris vascos_, espero que te portes vienen la fiesta y que no es motivo para que te echen de ella, como acostumbran echarte de todas las fiestas y todos los actos sociales que amenizas con tu presencia. Mira que si tal cosa sucede, te deslomo de una paliza. ¿Oíste, bergante?

_ Sí, mama _repuso con toda humildad el chico.

_ No quiero pasar una vez más por el bochorno de que a  los quince minutos de tu llegada, te traigan de una oreja o en el coche de la policía, al cuidado de cinco guardias armados. ¿Eh?

_ No, mama.

_ De ti depende que vuelva yo a darte permiso para asistir a festividades y reuniones infantiles. Si te portas mal en esta ocasión, puedes dar por terminada definitivamente tu vida social. Y puede ser que hasta tu vida orgánica. ¿Has entendido, bellaco?

_ Sí, mama _aseguró el niño.

_ Bueno. Sobre advertencia no hay engaño, como decía el jurisconsulto de tu padre. Ve, pues, y cuidado con que merezcas ser ignominiosamente expulsado de la fiesta.

La madre le dio un beso  _al fin madre_ y lo mando a casa de sus amiguitos de la barriada.

Veinte minutos después, como se lo había barruntado la mártir señora, el chico estaba de vuelta. Al verlo, la madre perdió los estribos y supuso lo peor: su hijo había sido echado de la fiesta por alguna diablura. Antes de que el niño pudiera abrir la boca, lo agarro y le dio una tremenda entrada de palos, sincronizada con pescozones, cachetadas, tirones de pelo y bien dirigidas patadas a la espinilla. La santa mujer estaba hecha un basilisco y no paró de arrearle hasta que quedo sin aliento. Después, y solamente después, le pregunto a su infernal vástago  con indignación mal entendida:

_ ¿Qué barrabasada hiciste, canalla?

_ Ninguna, mama _gimoteó el pobre chico.

_ ¿Cómo que ninguna?

_ Ninguna. Lo juro por las cenizas de mi padre, que en paz descanse.

_ Eso es sumamente improbable. Tanto que no hayas cometido alguna barbaridad como tu padre pueda descansar en paz. Respóndeme a lo que te pregunto: ¿Por qué volviste a casa tan pronto? ¿Por qué te obligaron a salir de la fiesta?

Y el pequeño Elpidio Garrigurrigoitia contestó entre sollozos:

_ Es que la fiesta es mañana…

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de El libro de las comedias”.

 

 


 

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