Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Descubrimiento del caballo *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Ahora nos parece a todos muy normal que el caballo sea un animal destinado a que se le monten encima. Acostumbrados a verlo en el hipódromo, en los desfiles militares y en las películas de charritos, nos parece perfectamente natural contemplarlo montado por un jinete. Sin embargo, seamos sinceros con nosotros mismos y respondamos la siguiente pregunta con el corazón en la mano, como si fuéramos médicos especializados en trasplantes: ¿nos hemos puesto a pensar alguna vez en el mérito que tuvo el señor que descubrió al caballo?

 

En un principio existían el hombre y todos los demás animales. Miles de especies, entre las que estaba escrito que sólo una sería apta para ser cabalgada con soltura y aprovechamiento. Claro que no faltará quien de inmediato mencione al asno y al mulo, ya que después de todo -y con perdón sea dicho- también son solípedos, al igual que el caballo. Pero en realidad son variantes de un mismo medio, como el automóvil, la motocicleta, la bicicleta y los patines parten del principio de locomoción sobre ruedas. Sin embargo, reconocerán ustedes que hay una gran diferencia entre un Almazán, digo, entre un alazán pura sangre y un borrico cualquiera, al igual que la hay entre un Rolls-Royce y una carreta.

 

Imaginemos, pues, al hombre que se propuso descubrir al caballo, elaborando así su idea:

 

-Se me acaba de ocurrir que, debido a lo cansado que resulta el utilizar las propias piernas para ir de un sitio a otro, sería conveniente y provechoso suplidas por las de una bestia, dicho sea sin ánimo de ofender. Vamos a probar, uno por uno, a todos los animales de la Creación, hasta encontrar al más apto, a quien llamaremos caballo. Más tarde lo clasificaremos como tordillo, bayo, zaíno negro, isabelo, overo, atabanado o bocifuego, según sea su pelaje. Los argentinos a su vez lo catalogarán como les dé la gana, pues por algo son argentinos. Allá ellos. Después de todo yo no soy académico de la lengua, sino descubridor de cabalgaduras.

 

Nuestro hombre primero intentó montar un tigre. El tigre, además de no permitírselo, lo dejó hecho un santo Cristo. Cuando se repuso de los estragos, el hombre determinó:

 

-Creo que no vale. Es demasiado feroz y poco considerado.

 

Montó entonces sobre un hipopótamo.

 

-Tampoco -razonó, caminando con las piernas en forma de paréntesis-. Además de lento y poco manejable, es demasiado ancho y duro de epidermis.

 

Le llevaron una mosca y el descubridor calculó:

 

-Demasiado pequeña. Sin contar con que las alas serían un estorbo.

 

A continuación ensayó un cocodrilo.

 

-Tampoco creo que sirva -dijo-. Es demasiado bajito y hay que llevar los pies a rastras. Sin tomar en consideración que se duerme a medio camino y llora hipócritamente con el menor pretexto.

 

Se encaramó después en una jirafa.

 

-Imposible. Habría que poner las riendas demasiado en alto. Además, representaría un problema al pasar debajo de un puente o de los cables de la luz.

 

Su mujer le llevó una sardina.

 

- ¡Pero hace falta ser idiota, Apolonia! -bramó el descubridor, de muy mal humor-.

¿Cómo crees que se va a poder montar una sardina?

 

- El idiota eres tú -bramó a su vez la dama-. Te he traído la sardina no para que la montes, sino para que la comas. Con lo poco que me das para el gasto desde que te dedicas a los descubrimientos, no puedo darte viandas más sustanciosas para el almuerzo.

 

Al final, como pasa siempre con lo que se descubre, le llevaron un caballo. Dio unas vueltas en él y dictaminó muy satisfecho:

 

-¡Este es! Ni corto ni largo, ni alto ni bajo, ni dormilón, ni llorón, ni desconsiderado, ni peligroso. Lo llamaremos caballo.

 

Con todo lo anterior, 8 ó 10 hemos querido demostrar al paciente lector que, aunque ahora nos parezca tan natural, el descubrimiento del caballo tuvo que ser asaz * laborioso.

 

 

* NOTA DEL EDITOR. El término “asaz” no deja de ser una pedantería intolerable, pero se la permitimos al autor en virtud de que la escribió un 22 de enero, que es el día de su cumpleaños.

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “La dicha que el gallo tiene”.

 

 


 

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