Ven a mi mundo

 

 

De aquí y allá

 

 

En el cosmos *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Cinco, cuatro, tres, dos, uno, ¡cero!

 

La nave espacial Sufragio Efectivo, luciendo la banda tricolor y la imagen de un caballero águila con escafandra de cosmonauta, soltó un imponente chorro de gases de megoncio y se elevó poco a poco sobre su base en el puerto interplanetario de San Juanito Chipitongo. Sin embargo, al llegar a dos metros de altura hizo pffft  y descendió de golpe, destrozando de paso el costoso equipo de vacuocompresores que acababa de llegar de los Estados Unidos. Desde la torre de control, el general P. C. D. E. M. (Piloto Cósmico Diplomado de Estado Mayor) Gudencio Caramillo soltó una palabrota y se comunicó por telespejo con el comandante de la nave.

 

— ¡Coronel Melcocha!

 

— ¡A sus órdenes, mi gene! — repuso el comandante desde el interior del Sufragio Efectivo.

 

—  ¿Qué pasó? — bramó Caramillo.

 

— ¿Qué pasó con qué?

 

—  ¡Cómo que qué pasó con qué! ¡Con la nave, animal! ¿Por qué no se elevaron?

 

—  ¡Ah, chirrión! Yo creía que ya íbamos por los Indios Verdes de la estratosfera...

 

—  No, señor. Están ustedes recostados de ladito en la dársena número siete.

 

—  A ver, mi gene, un momentito...El coronel Melcocha revisó el complicado tablero que tenía adelante, manipuló una docena de controles que se encendían y apagaban con luces sicodélicas, tiró de una perilla y se quedó con un manojo de alambres en la mano.

 

—  ¡Ah, con razón! —informó al comandante de la base—. Parece que nos falló la termobobina programadora del control de fisiómetros, mi general.

 

— ¿Y por qué no usaron la de repuesto?

 

— Se la robaron, mi general. Déjeme ver si puedo poner un microdiablito.

 

—  ¡Qué microdiablito ni qué ocho cuartos! Haga favor de venir inmediatamente a mi despacho.

 

—  ¡A sus órdenes, mi gene!

 

Minutos después, todavía con su uniforme de cosmonauta, el coronel piloto cósmico Rigoberto Melcocha se cuadró ante su comandante.

 

—  ¡A sus órdenes, mi gene! El general Caramillo le indicó que se sentara frente a su escritorio y sacó un voluminoso expediente.

 

— Coronel Melcocha —dijo—, ésta es la quinta vez que intentamos lanzar el Sufragio Efectivo al espacio, para llevar provisiones a la heroica guarnición de nuestro satélite artificial Banco Ejidal IV, sin que hasta la fecha hayamos logrado elevar la nave más de dos metros sobre el nivel del lago de Texcoco. Independientemente de que cada intento le cuesta mil millones de pesos a la nación, nos estamos exponiendo a que la secretaría de Cosmonáutica nos cese en forma fulminante.

 

—  A mí no, mi general, porque yo tengo buenas agarraderas.

 

—  Yo también las tengo, y además me permito recordarle que soy compadre del señor ministro, joven. Pero eso no obsta para que no demos cumplimiento a las órdenes de la superioridad. Los pobres diablos de la guarnición del satélite, están que ladran de hambre. Acabo de recibir un cosmograma del general Copete, jefe del destacamento en el Banco Ejidal IV, en que me dice que de no haber sido por un platillo volador americano que pasó y les dejó unas cajas de corn flakes, sus hombres hubieran tenido que salir al espacio a pescar algas en los asteroides.

 

— ¿Pues no que tenían bastimento para diez años terrestres?

 

—  Acuérdese del trinquete que hizo mi general Godínez, jefe de la Tercera Zona Interespacial. Al satélite sólo llegaron cinco toneladas de tortillas, dos de frijoles bayos y una de aceite de cártamo sintético, rancio. Lo demás se esfumó en el espacio.

 

—  ¡Ah, bárbaro! —comentó el coronel Melcocha—. ¡De más de quinientas toneladas de víveres que le entregó la Conasupo! Creo que hasta paté foi-gras  de guajolote había...

 

—  En fin, cada quien hace su lucha como puede. Pero el caso es que nosotros tenemos la obligación de establecer contacto con el satélite, y desde hace tres meses no podemos salir de Chipitongo. ¿A cómo estamos hoy? El coronel consulto su reloj nuclear.

 

— A 15 de julio de 2168.

 

—  ¡Imagínese! Desde el trece de abril estamos tratando de arrancar y todose nos va en chisporroteos.

 

—  No ha sido por culpa nuestra, mi gene. Primero, que se traspapeló la orden de salida, y nos pasamos dos semanas esperando a que nos mandaran de México copia del oficio. Después, que el comandante Ronquillo pidió sus vacaciones. La tercera, que no llegó el combustible. La cuarta, que usted...El general carraspeó y trató de cambiar el tema, pues le molestaba que un subordinado le recordara que había estado borracho una semana.

 

— Bueno, bueno. El caso es que el Sufragio Efectivo todavía está en la Tierra. Y el No Reelección, nuestra única otra nave, no tiene para cuándo llegar de Cabo Kennedy. Hace un año que está en reparaciones.

 

— Eso nos pasa por comprar cohetes espaciales de tercera mano.

 

— De cuarta. Acuérdese que los gringos se lo vendieron a Corea, los coreanos a Yugoslavia, los yugoslavos al Brasil y luego nosotros se lo compramos a los brasileños, dentro del programa de la Alianza para el Progreso.

 

— Bueno, mi gene, siempre nos queda el recurso de vendérselo a Guatemala. Mire: en realidad lo que pasó, fue que a su compadre, el señor ministro, le dieron gato por liebre. Con perdón de usted, ¿qué puede saber de cosmonáutica un señor que es ginecólogo? El general Caramillo se puso colorado.

 

— Coronel Melcocha, no estamos aquí para discutir los inescrutables designios de la superioridad. La política es la política. A los ganaderos los hacen embajadores, y a los tenedores de libros directores de pesca. ¿Qué tal si en el próximo sexenio se le hace a su cuñado, el licenciado Piocholea? A la mejor a usted, piloto cósmico de carrera, lo nombran director del ISSSTE...

 

—  Yo me conformaría con Guanos y Fertilizantes — repuso el coronel modestamente. El comandante de la base interplanetaria guardó silencio y se sacudió las medallas.

 

— Coronel, estamos desbarrando. Volvamos al punto. Se trata de enviar el Sufragio Efectivo al espacio, en misión de avituallamiento a nuestro satélite. ¿Cuándo cree usted poder estar listo para hacer un sexto intento?

 

—  Tan pronto como me entreguen una termobobina de repuesto. Hay que mandarla pedir a Detroit.

 

— ¿No las fabricamos en México?

 

— Pues sí, mi general, pero las buenas las exportamos, y las otras —para consumo interno— fallan a mitad del camino. Acuérdese de lo que le sucedió al capitán Colocho cuando le empezó a gotear el termodosificador a la altura de Saturno... Todavía está en órbita alrededor del cometa Sesostris, que acertó a pasar por ahí cuando mi capi tuvo la avería y lo arrastró sin mayor miramiento. Según nuestros cálculos, ahorita debe andar por la galaxia Coronelazo Siqueiros.

 

— ¡Ah, caray! ¿Dónde queda eso?

 

— A mano izquierda del limbo. Hace doscientos años la descubrió un astrónomo soviético y la llamó así en honor de un personaje nuestro de aquella época, en gratitud a servicios recibidos.

 

— No estaba yo al tanto. Doscientos años son muchos años.

 

— Son los que lleva Fidel Velázquez al frente de la CTM...El general Caramillo oprimió un botón, y acto seguido entró por la ventana una secretaria muy mona, en microfalda y con un cinturón de propulsión a chorro.

 

— Martita, haga favor de poner un teleoficio a la secretaría, solicitando una termobobina programadora de baleros...

 

— De control de fisiómetros —corrigió el coronel Melcocha.

 

— Eso es: de control de fisiómetros, con cargo a la partida 006/VII/5847, cuenta 58.3-XX. “Contingencias Imprevistas”. Pídalo con carácter de urgente, a ver si nos llega antes de Navidad.

 

La secretaria tomó nota y salió otra vez por la ventana, mientras los dos cosmonautas nacionales le miraban las piernas. Después, tomando en cuenta que el licenciado Piocholea, cuñado de su subalterno, era candidato del PRI para el próximo sexenio, el general PCDEM Gudencio Caramillo le pasó amigablemente un brazo por el hombro al coronel Melcocha y lo invitó a la esquina para echarse unas frías y unos tacos de nenepile. Como dicen que dijo Shakespeare: “There will always be a Mexico”.

 

 

Música de fondo: “Acuario”, tema de la obra de rock “Hair”.

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de Episodios Nacionales en Salsa Verde”.

 

 


 

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