/ / Marco A. Almazán  

 

 

 

 

Las compras de las señoras *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Dada la rapidez con que la mayor parte de las mujeres están dispuestas a aceptar al primer ciudadano que les propone matrimonio, uno pensaría que la decisión es particularidad del carácter femenino. Nada más erróneo. Excepción hecha del caso citado, en que no reparan si el pretendiente es alto o bajo, rubio o moreno, gordo o delgado, la incertidumbre gobierna a la mujer -en lo que a adquisiciones se refiere- desde que escoge la primera muñeca, hasta que elige los últimos chales negros.

 

Las señoras van de compras constantemente, pero en general compran muy poco. Usted y yo tardamos quince minutos en escoger un par de zapatos; ellas tardan quince días. En una escapada al centro, nosotros adquirimos lo que ellas adquieren en dos meses. Compramos corbatas, pañuelos, camisas y calcetines, en el transcurso de media hora a lo sumo. Ellas requieren cuando menos cuatro semanas para comprar medias, fondos y faldas por esa misma cantidad. Y si la destinan a zapatos, dos meses.

 

En realidad, en la mujer el ir de compras es un instinto tan arraigado como el de la maternidad. Lo primero no significa, sin embargo, que necesariamente adquieran algo cada vez que van de tiendas, como lo segundo tampoco implica que anden dando a luz sin ton ni son.

 

Ninguna es capaz de comprar un vestido a primera vista. Después de haber examinado veinte -en un lapso que puede ir de una semana a un año, según el tiempo .de que disponga-, elimina diecisiete y entra en una fase de congoja suprema al tener que decidirse por uno de los tres restantes. Consulta a parientes y amigas, y desde luego, descarta sus opiniones. Titubea. Vuelve a probarse los diecisiete que ya había desechado. Y por fin resuelve llevarse uno que no estaba incluido en los vente que examinó desde un principio. Pero como ya no puede volver a cambiarlo, inicia nuevamente el proceso y empieza otra vez a recorrer tiendas para escoger el siguiente de la serie.

 

La rapidez con que el hombre se decide a comprar cualquier cosa, impacienta a las mujeres. Imagino que han de sentir por el caballero que va de compras el mismo desdén que sienten los gatos por las ratoneras: en vez de pasarse la tarde dándole zarpazos al roedor, y gozando de la prolongación de la caza, el prosaico aparatito se despacha al infeliz ratón de un golpe seco. Así el hombre que entra en el primer establecimiento que encuentra, pide con exactitud el artículo que desea, paga lo que le piden, y se lo lleva envuelto, despierta en la mujer un profundo desprecio.

 

¿Dónde estuvo la emoción de recorrer calles y más calles, y de contemplar escaparates? ¿Dónde la de hacer bajar al dependiente el contenido de cinco anaqueles? ¿Dónde el placer de fruncir la trompita y decir que es una lástima que no tengan en beige ninguno de los treinta pares de zapatos que le han mostrado?

 

Aunque, en realidad, los hombres debemos dar gracias al cielo por este sabio orden de cosas. Si nuestras mujeres efectivamente comprasen cada vez que salen de compras, no nos alcanzaría ni el presupuesto que el Presidente Nixon tiene destinado para sus boys en Vietnam…

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Claroscuro”.

 

 


 

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