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  De aquí y allá     

 

 

Cómo hacen el amor... *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Según datos del Consejo Internacional de Investigaciones Matrimoniales de la ONU, a continuación diremos a ustedes cómo hacen el amor:

 

 

Los alemanes.- Con todo método y gran acopio de instructivos, manuales, enciclopedias y tratados sobre la materia. En caso de que algo les salga mal, se largan a tomar cerveza y de cualquier manera lo pasan estupendamente.

 

 

 

Los árabes.- En abonos, como es natural. Aparte de ello, dan rienda suelta a su imaginación oriental y comparan a la perversa amada con dátil, una puesta de sol, una nube rosada, una alfombra de Damasco, un camello, el turbante del Profeta o una gacela del desierto. Lo cual no impide que los romances terminen en puñaladas.

 

 

Los argentinos.- Sufriendo intensamente. Lloran, se recriminan mutuamente, amenazan con suicidarse y terminan uno en brazos del otro, entre grandes sollozos. Aún no se sabe si los tangos son producto del amor al estilo argentino, o si el amor argentino es resultado de los tangos.

 

 

Los cubanos.- Los cubanos aman con ritmo de rumba, alegría de maracas y empalagos de caña de azúcar. De algunos años a esta parte, lo único que les estorba son las barbas.

 

 

 

Los chinos.- Rodean el amor de profundo misterio y no son dados a los mimos, las caricias, los arrumacos y las manifestaciones externas, lo cual no tiene la menor importancia, como lo prueba el hecho de que son 800 millones.

 

 

 

Los españoles.- El amor a española está basado en los celos y los tortazos. Fogosos, intensamente pasionales, le dan al amor un sabor a vino, a claveles y a corrida de toros.

 

 

 

Los franceses.- En este renglón se muestran extraordinariamente gregarios. Es decir, que no disfrutan plenamente de un buen romance si no están inmiscuidas en él cuando menos otras cinco o seis personas. No es verdad que en Francia exista el “triángulo” amoroso. Lo que existe es el polígono.

 

 

Los ingleses.- El amor entre los ingleses, no es una pasión sino una obligación. Hombres y mujeres prefieren dedicarse al tenis, a la equitación, a beber té o whisky, a coleccionar cerbatanas malayas o a pasear perros y gatos. Sin embargo, reconocen que hay que darle súbditos a su Majestad, y de ahí que de vez en cuando cumplan con sus deberes amatorios.

 

 

Los italianos.- El amor a la italiana es todo fuego, todo trozos e ópera, todo salsa de espagueti. El amor a la italiana es empalagoso, goloso, aceitoso, y como es natural, a la larga resulta fastidioso.

 

 

 

Los judíos.- Entre los judíos no existe el amor propiamente dicho. Los matrimonios se celebran por conveniencia, y son simples contratos mercantiles. Los eventuales Abrahancitos, Moisecitos, Esthercitas y Rebequitas resultantes, son simplemente los intereses que produce la combinación de capitales.

 

 

Los mexicanos.- El amor a la mexicana, al igual que el amor a la española, también está basado en los celos, si bien en este caso suelen estar plenamente justificados en lo que se refiere al comportamiento del hombre. El mexicano tiene complejo de gallo, y la mexicana de gallina. Es lo que en el primer caso se llama “ser muy hombre”, y en el segundo “resignación cristiana”.

 

 

Los norteamericanos.- El amor entre los gringos es una cosa a la que se le rodea de asepsia e higiene, y se fomenta a través de la cinematografía, la televisión y los anuncios de dentífricos y desodorantes, y que invariablemente termina en divorcio o con el marido lavando platos en la cocina.

 

 

Los suecos.- En Suecia el amor es libre, como en México el municipio. Los suecos practican el amor como la gimnasia, es decir, para mantenerse en forma.

 

 

 

Los suizos.- Los suizos se hacen el amor reloj en mano, a orillas de un lago muy azul y pendientes de llegar a tiempo para atender el hotel de turismo o el banco donde depositan sus ahorros los políticos latinoamericanos.

 

 

 

Los rusos.- Los rusos son tormentosos, apasionados y trágicos. Aman intensamente, pero con ribetes de sadismo y masoquismo. En casos extremos, gustan de alternar los besos con los latigazos.

 

 

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de El cañón de largo alcance”.

 

 


 

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