Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Si Colón hubiera tenido intérprete *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Una circunstancia que facilitó grandemente a don Hernán Cortés la conquista de México, fue sin duda la de haber contado con dos excelentes intérpretes: Jerónimo de Aguilar, el náufrago español que vivió ocho años cautivo de los indios en las cercanías de Cancún, y que consecuentemente llegó a dominar la lengua maya a la perfección —aunque con marcado acento andaluz— y la hermosa indígena tabasqueña Malinalli, más tarde llamada Malintzin por los aztecas y doña Marina por los conquistadores, la cual hablaba el náhuati y también el maya. De esta manera, lo que decía Cortés en castellano lo traducía Aguilar al maya y acto seguido la Malinche entraba al bate y lo vertía al náhuatl, para entendimiento de los aztecas. Lo que éstos contestaban en su idioma, a la vez era traducido por la muchacha a la dulce lengua de Yucatán, para que don Jerónimo lo trasladase al español. Un sistema perfecto, precursor del que cuatrocientos y pico de años después se emplearía en esa inútil olla de grillos y torre de Babel —y de papel— que es la ONU.


Cristóbal Colón, en cambio, no dispuso de tan valiosa ayuda al llegar por primera vez al Nuevo Mundo, lo cual fue una verdadera lástima, ya que de haber contado con ella, otro gallo nos cantara, pues muy probablemente se hubiera percatado de su error de navegación y al enterarse de que no había llegado a las Indias que buscaba, habría virado ciento ochenta grados y largándose con viento fresco hacia el oriente, dejando a América en paz por lo menos una temporada.
 

Imaginemos lo que hubiera ocurrido si el genovés, al arribar el 12 de octubre de 1429 a la isla de Guanahaní, en las pintorescas Bahamas, hubiera contado con un intérprete para entenderse con los indígenas.
 

—Buon giorno —dice el navegante.
(Traducción al canto).
—Muy buenos, caballero —responde en su idioma, con marcado acento cubano, el agente de migración guañan, buenacrianza que a la vez es traducida por el intérprete.
—Soy Cristóforo Colombo, almirante de la Mar Océana, al servicio de sus majestades los reyes católicos de Castilla y Aragón.
—Mucho gusto, chico.
 

El descubridor saca un pañuelo y se enjuga las gotas de transpiración que penan su frente. (Esta bonita frase, por fortuna, no tiene que ser traducida, ya que el intérprete se las hubiera visto negras para verterla al guañan, dado lo rudimentario que era el léxico de la isla).
 

—Hace calorcito, ¿eh? —sonríe Colón—. Pero en fin, ya me habían advertido que aquí en las Indias se achicharra uno.
— ¿Las Indias? ¿Cuáles Indias? —pregunta con asombro el nativo al serle traducido el comentario de don Cristóbal, que también era experto en decir gansadas.
— ¿No estamos acaso en las Indias? —pregunta a su vez el almirante.
—No señol —responde el autóctono—. Éstas son las Antillas, caballero.
—Supongo que será una provincia de los dominios del Gran Mogol...
 

(El intérprete y el isleño se hacen un lío y se enfrascan en una serie de mutuas explicaciones que no conducen a nada).
 

— De cualquier manera —prosigue el genovés—, ustedes son indios, ¿no?
— ¡Ni lo mande Dios! Los indios son los habitantes de la India, esos flacos cochambrosos que llevan turbantes en la cabeza y que adoran a las vacas, por considerarlas sagradas. Nosotros en cambio estamos llenitos, nos bañamos todos los días y nos adornamos la cabeza con plumas. Y ni siquiera sabemos lo que son las vacas.
 

Cristóbal Colón titubea un poco.
 

—Bueno, sin embargo, imagino que tendrán especias y té.
—Tampoco, joven. Lo que tenemos es café y tabaco. De excelente calidad, por cierto.
—No me interesan —mueve la testa Colón, en sentido negativo—. Isabel no toma café porque le quita el sueño, y ni Fernando ni yo fumamos.
—Allá ustedes, chico —se encoge de hombros el isleño, encendiendo un descomunal y aromático habano.
 

El almirante se da dos o tres manotazos en el rostro y la nuca, pues se lo están comiendo vivo los mosquitos.
 

— ¿Así es que las Indias quedan un poco más allá, no? —indaga señalando hacia el poniente.
—No, bastante más allá —aclara el guañan indicando con su puro hacia el oriente.
—Bueno, pues en tal caso, zarparemos —suspira don Cristóbal—. Otros tres meses de bailoteo sobre las olas.
—O más —sonríe malévolamente el isleño.
Ya a punto de embarcar Colón, el indígena le dice, siempre a través del intérprete:
—Si acaso regresan por aquí, les pido pol favol que nos traigan unos caballos y unos marranitos, si no es mucha molestia. Y unas gallinas con su correspondiente gallo.
—Con mucho gusto —sonríe don Cristóbal.
Pero ya en alta mar, refunfuña.
— ¡Esta maldita manía que tiene la gente de hacerle encargos a uno cuando sale de viaje, pero sin adelantar el efectivo necesario!
 

Al ver desaparecer las tres carabelas en el horizonte, el guañan también suspira, pero de alivio.
 

— ¡Uf! —dice.

 

Música de fondo: “Toma tu tiempo”, tema de Vianey Valdez.

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior” de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado del libro “Pitos y Flautas”.

 

 


 

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