Ven a mi mundo

 

   De aquí y allá    

 

 

Choque entre generaciones *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

El anciano hippie, sintiéndose próximo a morir, mandó llamar a su hijo. Minutos después se presentó en el maloliente tugurio un joven pulcramente vestido, con traje oscuro, cuello almidonado y discreta corbata a rayas. Se dirigió al jergón donde yacía su padre e intentó besarle la mugrienta mano, de uñas quebradas y con ribetes de luto.

 

-¡Déjate de ridiculeces! -gruñó el viejo y harapiento hippie ocultando la garra bajo el guiñapo que le servía de manta-. ¿Cuántas veces debo decirte que me faltes al respeto?

 

-No puedo, padre, no puedo -repuso el bien educado muchacho-. Tal proceder está en contra de mi modo de pensar y de sentir. Me es imposible dejar de mostrar obediencia, devoción y pleitesía al ser que me dio la vida. Para mí, usted es lo más sagrado que existe sobre la faz de la tierra.

 

-¡Y dale con el usted! -se revolvió el hippie con gesto de impaciencia-. ¿Por qué no me tuteas?

 

-Porque usted es mi progenitor y me merece el más profundo respeto.

 

El anciano hippie buscó entre sus andrajos y sacó un cigarrillo de mariguana. Lo encendió con mano temblorosa, le dio las tres chupadas de rigor y se lo ofreció a su hijo.

 

-Gracias, padre mío -rehusó el joven-. Ya sabe usted que no fumo. Ni siquiera tabaco rubio.

 

-Pero en cambio despilfarras el dinero yendo a la peluquería, ¿no? -dijo el hippie con manifiesta repugnancia-. ¿Cuándo te cortaste el pelo por última vez?

 

-Hace una semana.

 

-¡Ya me lo imaginaba! Te ves positivamente indecente. Yo, a tu edad, llevaba cuando menos seis años de no tocarme la cabeza, como no fuera para rascarme.

 

-Los tiempos cambian -musitó el aseado y respetuoso muchacho, bajando la vista.

 

-Te he mandado llamar -prosiguió el anciano hippie hurgándose las fosas nasales con un dedo mugriento-, porque sé que persistes en la insensatez de estudiar una carrera, en vez de seguir mi ejemplo y dedicarte a la más gloriosa vagabundería.

 

-Así es, padre -admitió el muchacho-. Actualmente curso el tercer año de arquitectura.

 

-¡Qué vergüenza! No sólo estás convertido en un repugnante niño bien, sino que inclusive estudias para construir, en lugar de destruir, destruir, destruir, que es lo sublime.

 

El joven guardó silencio, en tanto que su desarrapado y cochambroso padre lo miraba de arriba abajo y escupía en el suelo.

 

-Imagino que también estarás pensando en casarte. . .

 

-Sí, papá. Tan pronto como termine la carrera y haya ahorrado algún dinero. No quiero exponer a Dulce María, mi novia, a sufrir estrecheces ni a pasar apuros.

 

El anciano hippie echó la cabeza atrás y miró hacia el techo de su pocilga.

 

-¡Sombras de Avándaro! -exclamó-. Menos mal que tu madre murió de inanición e intoxicación por LSD hace varios años, y así no tuvo que sufrir este bochorno. ¡Ella, que practicó el amor con toda la colonia hippie y con cuanto varón se le acercó y fue capaz de soportar su pestilencia!

 

Por las pringosas mejillas del hippie rodaron dos gruesos lagrimones.

 

-Hijo -susurró, alargando (los manos mugrientas y temblorosas para tomar entre ellas la bien manicurada de su vástago-: estoy a punto de entregar la zalea. A quién, no lo sé. Pero en mi lecho de muerte te pido, como expresión de mi última voluntad, que abandones el nefasto sistema de vida que llevas…

 

El muchacho cayó de rodillas, cuidando de no arrugarse el pantalón.

 

-¡Perdóneme, padre mío, pero no puedo hacerlo! -dijo entre desgarradores sollozos-.

 

¡Sería ir contra mis convicciones y mis más arraigados principios! y es que todo esto ocurría en el año de 2000, cuando el péndulo había oscilado al otro extremo y la juventud reaccionaba violentamente contra las costumbres y el modo de pensar de sus padres.

 

Música de fondo: “Acuario”, tema de la obra de rock musical “Hair”.

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Cien años de humedad”.

 

 


 

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