Ven a mi mundo

 

   De aquí y allá    

 

 

Casas de préstamos *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Nueva York. — Los Estados Unidos son el país de los anuncios. Anuncios, anuncios, anuncios por todas partes: en la calle, en los restaurantes, en los hoteles, en el ferrocarril subterráneo, en la radio, la televisión y hasta en las nubes. Anuncios de bebidas, de ropa interior, de cementerios, de pastas dentífricas, sopas en lata, películas, religiones y préstamos al tanto por ciento. Sobre todo préstamos. En este país hay tanto dinero, que aquí los prestamistas persiguen a los clientes no para cobrarles como feamente hacen en México, sino para prestarles más y más dinero.

 

A la media hora de haberme instalado en el hotel en Nueva York, ya tenía yo cinco cartas de otras tantas casas de préstamos, dirigidas a mi nombre, ofreciéndome cualquier cantidad al plazo que me diera la gana. Todas ofrecían que sería yo recibido con una sonrisa y que tendría el dinero en cosa de minutos. Sólo hubiera faltado que me lo incluyeran dentro del sobre, pero no llegan a tanto.

 

A los ocho días de estar aquí, empecé a pensar seriamente en la conveniencia de hacerle una visita a una de estas casas, no tanto por lo de la sonrisa, sino por lo otro. Elegí, pues, la más cercana al hotel y me presenté muy orondo una mañana.

 

Efectivamente fui muy bien recibido. La rubia recepcionista me dio la sonrisa prometida, y me hizo pasar al despacho del vicepresidente de la compañía. Después me enteré de que aquí todos son vicepresidentes. El que me tocó, me dio otra sonrisa y un puro; después me ofreció asiento y sacó una cartera muy gorda, que puso sobre la mesa.

 

— ¿Qué cantidad desea usted? —preguntó empezando a contar los verdes billetes.

 

— Hombre, unos quinientos dolaritos no me vendrían mal. Va uno por ahí de compras y gasta más de lo que se tenía pensado…

 

— No faltaba más. Quinientos dólares para el caballero. ¿Dónde trabaja usted?

 

— Soy escritor -repuse para evitar confusiones, pues ya se ha dado el caso de que al decir que soy escritor se me felicite, pero después se me vuelva a preguntar en qué trabajo.

 

— ¿Es usted autor de algún best seller? —me preguntó el vicepresidente mientras llenaba una solicitud.

 

— Todavía no —contesté modestamente—. Escribo para los periódicos; mejor dicho, para un periódico.

 

— ¿Para cuál?

 

— Para un periódico de México.

 

El vicepresidente me quitó el puro y volvió a meter los billetes verdes en su cartera.

 

— Este es un caso difícil. Tendré que consultarlo con el presidente de la compañía -me dijo mirándome con sospecha.

 

El hombre tomó el teléfono y en breves palabras expuso el caso, sin quitarme la vista de encima.

 

— ¿Cuánto gana usted? —preguntó sin colgar el teléfono.

 

— Muy poca cosa. Por eso he venido a solicitar el préstamo…

 

El vicepresidente repitió mis palabras en inglés, áspero y cortante. Claramente pude oír la recomendación del presidente en el sentido de que me mandara al infierno…

 

— Lo siento mucho -dijo el vicepresidente colgando el aparato e incorporándose del asiento-. No podemos prestarle ni un centavo;

 

— Pero, ¿y tanto como se anuncian ustedes? —gemí desoladamente.

 

— Es que nunca se nos habían presentado casos de indigencia como el de usted. Inclusive si estuviera sin empleo, pero siendo residente de los Estados Unidos, podríamos prestarle la cantidad que solicita, pues estaría usted cobrando sus dólares de subsidio a la semana. Pero en sus circunstancias, imposible. Lo siento mucho.

 

Al salir, pude escuchar que llamaba por teléfono a la recepcionista para decirle que no me despidiera con sonrisa.

 

 

Música de fondo: “No tengo dinero”, tema de Juan Gabriel, cantante y compositor mexicano.

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

     Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

     Tomado del libro “Clarooscuro”.

 

 


 

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