Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Los capitalinos vistos por los provincianos  *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

 

Señalan los provincianos:

“Lo mejor de la capital es el smog, porque impide ver a los capitalinos”

 

Bajo un cielo muy azul, a la sombra de los .frondosos álamos y laureles que adornan la Plaza de Armas de San Juanito Chipitongo, Chip., me siento en una banca con don Nicanor Tordillo, propietario de la afamada lechería local “Las Tres Uvres” (sic).

 

Son las once de la mañana y reina una tranquilidad paradisiaca. Los dos únicos taxis del pueblo están luciendo su senectud, uno frente al H. Ayuntamiento y el otro a la vera de la parroquia, mientras sus respectivos conductores descabezan un sueñito reparador. Por las calles de cuando en cuando pasa un automóvil o una bicicleta, y por las aceras —donde las hay— calmadamente transitan los vecinos, que se detienen cada tres pasos para saludarse y comentar las noticias del día. No importa de qué día.

 

—Don Nicanor —le digo a mi entrevistado—, ¿qué opinión tiene usted de la capital y de los capitalinos?

 

El señor Tordillo hace la señal de la cruz.

 

—Mire, amigo, acabo de comulgar, así es que no me haga usté decir obscenidades.

 

—¿Ha estado alguna vez en la ciudad de México?

 

—Sí, señor; una sola vez hace tres años y quedé invitado a no volver nunca más. Apenas me —apié del tren, en la misma estación me robaron la maleta. Y luego me siguieron robando en todas partes: en los espectáculos, en los restoranes, en la villa de Guadalupe, en el hotel y hasta en la comisaría, a donde fui para denunciar los atracos anteriores. Pero ahí sufrí el peor de todos.

 

Don Nicanor se quita el sombrero, muy ceremonioso. No en homenaje a la maestría del cuerpo policíaco metropolitano, sino para saludar al doctor don Fístulo Calderete, que viene de ver a un enfermo y va rumbo a “Los Picachos del Cántabro”, para echarse la primera fría de la mañana con el astur propietario de la cantina, que además es su compadre.

 

—¿Visitó usted muchos lugares en la capi, don Nicanor? —vuelvo al quite.

 

—Pocos. No por falta de ganas, sino porque era imposible trasladarse. A pesar de la enorme cantidad de vehículos que infestan sus calles y avenidas, en la ciudad de México es casi imposible conseguir medios de locomoción. Y eso de ir a pie de Chapultepec a Xochimilco, o simplemente del estadio olímpico a la Alameda, tiene sus bemoles. Sobre todo teniendo en cuenta que las calles siempre están llenas de hoyancos: unos porque datan de la época de la colonia y están considerados como monumentos nacionales, otros porque se está construyendo un nuevo viaducto, o periférico, línea del “metro”, y otros más porque andan buscando petróleo. Usté sabe qué ahorita en México tenemos la fiebre del petróleo. Creemos que con él vamos a resolver todos nuestros problemas y encima vamos a darles en la chapa a los gringos. Pero qué va. Verá usté que con el petróleo nos lleva el diablo, como dijo Gutiérrez Nájera.

 

—López Velarde, don Nicanor —me atrevo a corregir.

 

—Bueno, quien haya sido. Pero usté verá como el condenado petróleo les abre más el apetito a los hijos de Carter, que Tejas, Nuevo México y California se lo abrieron a los hijos de. .. a los hijos de quien haya sido presidente de Gringolandia en 1847. En términos genéricos podemos referimos a ellos como hijos de la tiznada.

 

Don Nicanor vuelve a quitarse el sombrero muy cortésmente. Ahora es para saludar a doña Chonita, la esposa del notario, que va de compras.

 

 —Don Nicanor —le digo, volviendo al propósito de mi visita a San Juanito Chipitongo— en términos generales, ¿le gustó a usted la ciudad de México?

 

—En términos coroneles, porque yo soy un hombre modesto, le puedo decir que en realidad vi muy poco de ella, porque todo estaba envuelto en nubes. Al principio pensé que habría norte en Veracruz, pero luego me enteré de que esa nebulosidad se debe al polvo, a los gases que despiden miles. . . ¿miles? . . . cientos de miles, posiblemente millones de vehículos, muchos de ellos destartalados, que queman más aceite en un minuto que una lámpara votiva al Señor de Mapimí en cien años. Al humo de las fábricas que rodean a la ciudad y a las emanaciones de los propios capitalinos, que en alto porcentaje no se llevan con el agua y menos con el jabón.

 

—Y ya que menciona usted a los guaches, como los llamamos cariñosamente en Yucatán, ¿me puede usted decir qué impresión le causaron?

 

—Una impresión de la que Gutenberg se hubiera enorgullecido, por lo indeleble. Una impresión de la que apenas me estoy reponiendo. Son agresivos, insolentes, groseros, gruñones, mal educados. En provincia —y hablo de Sonora a Yucatán, como se anunciaban antes los sombreros Tardán, aunque ahora debo incluir a los nuevos, pero no menos entrañables estados de Baja California y Quintana Roa, que en aquella época eran “territorios”, bajo la férula implacable e imperialista del centro—, en provincia, repito, la gente es más amable, más comprensiva, más humana. Aquí, si me doy un tropezón en la calle, no falta quien se acerque y se acomida a ayudar a levantarme. En la capital, así le puede dar a usté un patatús en la esquina de Madero y San Juan de Letrán, que la gente pasa por encima o lo hacen a un lado con la punta del pie, para que no estorbe.

 

—¿No tiene usted amigos o parientes en la capital?

 

—Amigos, ninguno —responde con un gesto de melancolía—. El capitalino es demasiado hosco y no tiene tiempo ni vocación para hacer amistades. A los desconocidos siempre los ve con sospecha y desconfianza. Será por aquello de que  cree el león que todos son de su condición. Parientes, muchos. i Pero viera usté cómo han cambiado! La influencia del ambiente es tremenda. Al poco tiempo de llegar a la capital, los provincianos, una vez que los han robado y engañado y timado diez veces seguidas, se vuelo ven también recelosos y ásperos. El que antes daba la mano con sincera expresión de amistad, a las pocas semanas ya no la da, por temor de que le roben el anillo. O peor aún: por temor de que lo acusen de haberse robado el anillo del otro, a quien de tan buena fe ha saludado. La capital, señor, es una gigantesca y terrible piedra de los sacrificios, donde el feroz Huitzilopochtli les sigue comiendo el corazón a sus víctimas. El ambiente de la ciudad de México acaba por convertir en antropófago a cualquiera.

 

Me da un poco de pena saltar a la frivolidad, pero tengo que hacer mención de lo que siempre se cita a favor de la capital en estos casos:

 

—Bueno, don Nicanor, la capital tiene el atractivo de su gran variedad de espectáculos. ¿Tuvo usted ocasión de asistir a algunos de ellos?

 

—A muy pocos, por la citada falta de transportes, por lo exorbitante de los precios y por el temor de que me fueran a asaltar al salir de ellos y volver a pincel al hotelito, con otros dos o tres atracos en el camino, incluyendo uno de los patrulleros. Además, como todo está hecho para el turismo gringo, me molestaba el constante uso del inglés. La capital hace años que perdió su mexicanidad y se ha convertido en una ciudad pocha. Es un San Antonio Tejas grandote, pero sin tener cuando menos la limpieza y el orden de San Antonio.

 

—A propósito de limpieza, ¿le hizo a usted impresión la mugre de la capital?

 

—Tremendamente. Pero sobre todo la de los capitalinos. Creo que es una de las ciudades más sucias del mundo. Con el achaque de que hace frío y se está a dos mil quinientos metros de altura sobre el nivel del mar, la gente no se baña. De cada diez ciudadanos, siete andan con costras de mugre en el cuello y en las manos. Al principio yo creía que medio México estaba de luto. Pero después, el tufo reconcentrado, agrio, nauseabundo, que ofende al olfato en cualquier sitio de aglomeración pública —camiones, “metro”, cines, iglesias— lo convence a uno que es sencillamente la falta de aseo lo que da esa “patada”, que se empieza a advertir desde diez kilómetros antes de entrar en la zona metropolitana, véngase de donde se venga.

 

—¿Así es que no le gustaría a usted vivir en la capital, don Nicanor?

 

—iDios me libre y Hank González me lo impida! Está bien para ir una temporadita de vacaciones, para hacer el menso y comprar algunas cosas a triple precio de lo que se consiguen en otras partes; para ir a ver chamaconas medio encueradas en los cabarés de Insurgentes y la Zona Rosa. Pero nada más. Yo no podría vivir en ese ambiente enloquecedor de ruido y de tráfico, sin tiempo para nada. Lo que más me horrorizó fue que podía yo andar veinte o treinta cuadras seguidas sin toparme con algún conocido. Sin que me saludara ni un alma...

 

(Exactamente lo contrario de lo que sentía y pensaba mi anterior entrevistado, don Lamberto Castañeda, pensé para mis adentros.) Y luego, volviendo al señor Tordillo

 

—Para terminar, don Nicanor, ¿qué cree usted que debería hacerse con la capital?

 

El pueblerino se rasca la nuca, medita un rato, vuelve a rascarse y luego me dice con un rayo de travesura en los ojos:

 

—Pos dejar que se siga hundiendo, don. Dentro de algunos siglos (al fin que nosotros no tenemos ninguna prisa), volvería a ser un inmenso lago, adonde los provincianos podríamos ir a chapotear y pescar charales los fines de semana. Sin el agobio de estar entre millones y millones de abominables hombres de las liendres.

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de Los unos vistos por los otros”.

 

 


 

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