Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Cambalache en el cercano oriente *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Tan pronto como pude me cambié del hotel en la Plaza de los Cañones -o de los Mártires- a otro menos ruidoso y más alejado del barrio de las tentaciones, ya que después de la trepidante experiencia en la finca de sitti Laila necesitaba yo una temporada de verdadero descanso. Había vuelto a mi peso normal y disponía aún de un capitalito bastante confortable, fruto de las húmedas escalas del “Cité de Montpellier” en Jeddah, por lo cual decidí quedarme, ya sin férula de viudas y vasos de leche, en esa encantadora ciudad de Beirut, armoniosa combinación de milenario pasado fenicio, griego y romano, y de presente francés, árabe y sobre todo mediterráneo.

 

A fines de 1952 existían en la capital libanesa solamente dos hoteles de primera: el Normandie y el Sto. Georges, este último a la orilIa del mar y con una espléndida vista de la bahía y de las nevadas cumbres del Monte Líbano. Pero la misma categoría de ambos determinaba que fuese sumamente difícil conseguir alojamiento, ya que siempre se encontraban atiborrados de magnates norteamericanos, funcionarios británicos y empleados australianos de las compañías petroleras en Irak, Arabia Saudita y los principados del Golfo Pérsico. Los australianos se pasaban seis meses trabajando en el desierto y ahorrando dinero (ya que no tenían nada en qué gastado), y al llegar a Beirut en plan de recuperación y descanso agarraban unas pítimas de padre y muy señor mío, haciéndole el amor a todo lo que tuviera faldas. Y aun a lo que carecía de ellas. Unas veces se caían al mar desde las verandas de sus habitaciones y otras se quedaban en estado cataléptico debajo de las mesas en las abundantes bebedurías del puerto, de donde los sacaban para llevados a la cárcel municipal, a la que después pretendían 'pegar fuego; pero cuando uno acudía al hotel con la esperanza de ocupar alguna de las vacantes que habían dejado, se encontraba con que ya estaban tomadas por nuevas oleadas de vociferantes hijos de Sydney y Melboume, re­cién desembarcados del avión. La Aramco y la Irak Petroleum Company tenían alquiladas durante todo el año tres cuartas partes del Normandie y del St. Georges para estos efectos.

 

Pude, sin embargo, conseguir habitación en un hotelito más modesto no lejos de los anteriores, en el barrio de Zeitune, el cual estaba administrado por una chipriota griega de pelo blanco y de nombre Madame Kalambakis, que fumaba incesantemente y vivía persuadida de que todos los huéspedes éramos pilotos de aviación o cuando menos sobrecargos, hablándonos siempre de tú y con vigorosos epítetos. Cuando al principio explicábamos urbanamente que no era tal nuestra actividad, la mujer se ponía hecha un basilisco, daba manotazos sobre el mostrador, y amenazaba con echamos fuera del establecimiento, por lo cual desde la segunda vez optaba uno por seguirle la corriente.

 

-¿A dónde vuelas hoy, macaco? -preguntaba con el cigarrillo entre los labios al ver salir a un huésped.

 

-A Copenhague -respondía éste. -Pues que tengas buen viaje, bergante. y al vedo entrar, aunque sólo fuera cinco minutos después:

 

 

-¿De dónde llegas, bribón? -De Dakar.

 

-¿Tuviste buen vuelo? -Estupendo.

 

-Dale gracias a Dios, bellaco. Un día de éstos te haces papilla. Tarde o temprano todos los aviones se estrellan al aterrizar o explotan en el aire.

 

De esta manera Madame Kalambakis quedaba satisfecha e incluso trataba amablemente al pasaje.

 

Un día le pregunté dónde quedaba el banco más cercano.

 

-¿Banco? –frunció el entrecejo--. ¿Para qué quieres ir a un banco, méntecato? '

 

-Para cambiar dinero.

 

-Lo puedes cambiar en el aeropuerto.

 

-Ya lo sé, nada más que mi avión sale a las once de la noche y mientras tanto necesito algunas libras libanesas para comprar unas cositas de recuerdo.

 

-¿A dónde vuelas? -A Río de Janeiro.

 

-Entonces tu avión no sale a las once, sino a las once y quince, imbécil. Eres de la Varig, ¿no es así?

 

-Así es, madame -repuse dándole por su lado.

 

La señora encendió un cigarrillo con la colilla de otro. A veces tenía hasta tres humeando: uno en la boca, otro entre los dedos y uno más en el cenicero.

 

-No vayas a ningún banco, tunante. Vea Joe's Bar, una taberna que está a cinco calles de aquí, junto al restaurante italiano de An­gelo.

 

-Pero yo no quiero beber ahora, madame. Recuerde que tengo que volar. Nada más de­seo cambiar unos dolaritos.

 

-Ya lo sé, idiota. Pero allí te darán mejor tipo de cambio que en cualquier banco y desde luego más favorable que en la cueva de Alí Babá del aeropuerto. Dile a Joe que vas de mi parte, para que no te lleve demasiado entre las espuelas.

 

Fue así como conocí al gran Joe, cuyo ver­dadero nombre era Youssef Ibn Youssef (José hijo de José) al-Gafir Marwani, un diminuto y siempre sonriente alquimista que era propie­tario de la vinatería más famosa de Beirut en aquella época, tanto por la variedad de sus aguas fuertes como por la amplitud de sus transacciones monetarias. El establecimiento en sí no pasaba de ser un chiribitil de doce metros cuadrados a lo sumo, cuyo espacio ocupaban en su mayor parte el mostrador, el anaquel repleto de botellas y cinco o seis mesas. El local casi siempre estaba en penumbra, lo cual le daba frescor y a la vez facilitaba grandemente las operaciones bancarias de Youssef, ya que gracias a las tinieblas podía deshacerse de monedas falsas o dar al cliente un billete de menor denominación que la justa.

 

En Beirut siempre ha sido muy difícil encon­trar las direcciones, ya que la mayor parte de las calles no tienen nombre -o nadie los cono­ce, ni siquiera los que allí habitan-, y las casas no tienen número, o bien cada propietario le pone a la suya el que le da la gana, según sus gustos o de acuerdo con su horóscopo, pero nunca en sentido progresivo. Consecuentemente, no es raro que se den puntos de referencia en lugar de direcciones: “a espaldas de la mezquita verde”; “junto al souk (bazar o mercado) don­de apalearon a Kemal Abud Farhat”; “frente al café del tuerto Jalil”; “al lado de la funeraria de Papá Boulos”, y así por el estilo. De esta manera, cuando Youssef inició operaciones, anunciaba que su establecimiento estaba “en la Rue de Phoenicie, a cien metros de la Embajada Británica”. Conforme progresó la taberna y se hizo famosa su bolsa de valores, y por ende más conocida que la representación diplomática, la embajada de Su Majestad a la vez mandó imprimir su papelería dando como señas “Rue de Phoenicie, a cien metros de Joe's Bar”.

 

La taberna de Youssef ganó justo renombre tanto por la enomne variedad de sus vinos y licores como por la circunstancia de que aceptaba y cambiaba divisas de todas las denominaciones imaginables. Por eso llamé “alquimista” a Joe al presentado a ustedes hace unos párrafos: siempre sonriente, el genial chaparrito lo mismo preparaba los más exóticos cocteles y las combinaciones más raras utilizando todo género de bebidas, que transformaba en un santiamén un altero de escudos chilenos en un fajo de dinares yugoslavos o en un puñadito de francos suizos. El Líbano es un país de mercado absolutamente libre, y por lo tanto circulan sin impedimento desde el oro y la plata' en monedas o lingotes, hasta los guaraníes paraguayos, los bahts de Tailandia, los tughriks de Mongolia y los colones costarricenses. En Joe's Bar se cambiaban todas estas divisas y muchas otras más. Los únicos que en aquella época no te­nían aceptación eran nuestros colorados billetes mexicanos de un peso, no por su bajo valor, sino por lo mugrientos y pringosos, ya que se quedaban pegados en los dedos y luego había que gastarse en gasolina el doble de su importe para' poder desprenderlos. “No es nagocio”, decía Joe, que hablaba todos los idiomas del mundo, aunque con acento de Zghorta, que era su pueblo natal.

 

También se aceptaban allí, monedas falsas, cheques sin fondos y cheques de viajero confir­mas apócrifas. Youssef Ibn Youssef le sacaba provecho a todo: las monedas falsas las vendía como curiosidades -y a muy alto precio- a coleccionistas alemanes y norteamericanos; los cheques sin fondos los ¡guardaba como munición para futuras operaciones de chantaje contra sus expedidores; y los cheques de viajero con firmas falsificadas se los daba en calidad de vuelto a los australianos, que de cualquier manera a las pocas horas iban a dar a la cárcel por borrachos y escandalosos. Allí les quitaban hasta los calcetines que llevaban puestos, por lo cual en el fondo no les importaba ni les hacía mella recibir su cambio en documentos sin valor, ya que de cualquier manera estaban condenados a perderlos. Después los carceleros revendían los cheques a Youssef Ibn Youssef a un precio irrisorio. En Joe's Bar también florecía un mercado negro de divisas de exportación prohibida, especialmente aquéllas procedentes de los países comunistas. Los marineros polacos, romanos o búlgaros, acostumbrados a que en ninguna parte les recibían sus zlotys, leus y levs, bailaban de gusto cuando Youssef se los tomaba a puñados y les daba a cambio una botella de whisky escocés hecho en Egipto y traído de contrabando a través de Israel, donde había sido debidamente bautizado y no precisamente con aguas del río Jordán. Ayudado por las sombras que reinaban en su establecimiento, el sagaz tabernero después trocaba estos raros billetes por dólares, marcos alemanes occidentales o libras esterlinas, a un tipo de cambio que variaba se­gún la hora que fuese y el estado de sobriedad del recipiente. Mediante tal procedimiento, Joe afirmaba que se fortalecía notablemente la economía.

 

-¿Cuál economía? -le pregunté en cierta ocasión.

 

-La de un servidor -repuso, bajando mo­destamente la vista.

 

 

* * *

 

Como era de esperarse, me hice cliente asiduo del simpático establecimiento y gran amigacho de su propietario. Me pasaba allí horas enteras, aprendiendo idiomas, degustando heteróclitas bebidas y observando las enrevesadas operaciones de finanzas internacionales que llevaba a cabo Joe con una sola mano; esto último, por cierto, equivalió a mi paso por la Facultad de Economía de cualquiera de las más encumbradas universidades de Europa o de América. Conocí, además, a un sin fin de personajes muy interesantes de uno y otro sexo, ya que el bar lo mismo estaba abierto a todas las divisas que a todos los hombres y mujeres del mundo, sin distinción de raza, nacionalidad, ocupación o credo.

 

Una de éstas fue una armenia jamona y guapetona de nombre Marie Atanassian, que des­de temprana hora se instalaba en un rincón junto al teléfono y con un cuaderno de papel rayado como los que usan los escolares, en el cual iba anotando cifras misteriosas. Igualmente tenía un chiquillo a su servicio que hacía frecuentes viajes de Joe's Bar a la oficina de telégrafos, llevando y trayendo mensajes. Por ahí de la una de la tarde Madame Atanassian guardaba su cuaderno, su lápiz y sus telegramas en un enorme bolso de piel negra que jamás soltaba de la mano y se dirigía muy oronda al jardin d' été a tomar una serie de peppermints con mucho hielo y un poquito de soda.

 

El “jardín de estío”, llamado así eufemísticamente por Youssef Ibn Youssef, era un minúsculo patio con macetas en los bordes y enredaderas en los muros, situado entre el bar propiamente dicho y el recinto que servía de bodega, al cual sólo se permitía el acceso a los clientes distinguidos y apacibles cuando el ambiente en la taberna empezaba a tomarse demasiado ruidoso y ya no cabía materialmente ni un alma.

 

En cierta ocasión en que las mesitas del jardin d'été también estaban todas ocupadas, al verme de pie   la puerta en actitud de duda Madame Atanassian amablemente me invitó a sentarme a su vera. Hasta entonces sólo habíamos intercambiado saludos con ligeras inclinaciones de cabeza, por lo cual yo ignoraba quién era y a qué se dedicaba. Únicamente sabía que era armenia y muy rica. Sin embargo, no tardó en identificarse:

 

-¿Qué quiere tomar? -me sonrió-. Permítame que yo le invite. Usted me cae muy bien, por 10 correcto y tranquilo, aun cuando está soplado; y además esta mañana me ha ido estupendamente y quiero celebrado. Acabo de concertar una operación de trueque que me producirá más de cinco mil libras libanesas.

 

-Enhorabuena, madame -le dije.

 

La mujer sacudió la cabeza -movimiento muy -habitual en ella para hacer tintinar las enormes arracadas de oro que siempre llevaba puestas-, dio un sorbo a su verde bebida y con­tinuó:

 

-Vengo de efectuar un cambalache de trigo canadiense por papagayos brasileños.

 

La llegada de Emile, el camarero, con mi gin and tonic, me impidió hacer el gesto de asombro que la declaración de la dama ameritaba. Emile, debo decir entre paréntesis, era totalmente sordo y tomaba las órdenes por señas o por escrito, si bien en el caso de los parroquianos que ya formábamos parte del inventario no era menester recurrir a tales arbitrios. Emile sabía perfectamente lo que cada uno bebía y la frecuencia con que era preciso reforzar el vaso o bien el momento en que debía cambiar de combustible.

 

-¿Un cambalache de qué, madame? -pregunté a la armenia.

 

-De trigo canadiense por papagayos brasieños -repitió muy satisfecha de sí misma y como si una operación de esta naturaleza fuera cosa de todos los días.

 

-Qué bien… -fue lo único que se me ocurrió decir.

 

-Y todo por teléfono y telégrafo.

 

-O sea que no tuvo usted que ir al Canadá a comprar el trigo.

 

-¡Dios me libre! Con el frío que hace allá… Además, el trigo todavía no se cosecha.

 

-¿Y los papagayos?

 

-¿Qué tienen los papagayos? -Pregunto dónde están.

 

-Supongo que en las selvas del Amazonas. Cuando llegue el momento oportuno, irán a atrapados.

 

-¿Quiénes?

 

-¡Qué sé yo! -se encogió de hombros la dama-. Eso no es de mi incumbencia. Como tampoco lo es quién recolectará el trigo en los campos de Manitoba y Saskatchewan. Lo que me importa es que ambos productos estén listos para su embarque en el momento convenido.

 

-Es decir, que usted eventualmente recibirá aquí el trigo, lo despachará a Sudamérica y a cambio de él le mandarán un cargamento de multicolores papagayos.

 

-¡No, qué horror! -se estremeció Madame Atanassian-. ¿Qué iba yo a hacer en Beirut con tres mil papagayos brasileños? Mi oficina, como usted ha visto, es Joe's Bar;  mi apartamento es muy reducido: apenas consta de una alcoba, una sala muy pequeña aunque muy coqueta, una cocinita y un cuarto de baño. ¿Dónde iba a ponerlos? Además, tengo entendido que evacúan el vientre constantemente y que­ hacen un ruido infernal.

 

Doña Marie volvió a sacudir la cabeza para que sonaran sus arracadas y me sonrió entor­nando   sus espléndidos ojazos orientales.

 

-Por cierto: a ver qué día o qué noche viene a visitarme al apartamento, para tomar un café conmigo. . O cualquier otra cosa.

 

-Muchas gracias -contesté, bebiéndome de un trago mi ginebra. Aunque la comerciante armenia estaba mucho más potable que sitti Laila, la experiencia recientemente pasada con esta última me hacía alzarle el pelo a cualquier embrollo con damas excéntricas, aparte de que en aquellos días andaba yo muy entretenido con una acróbata austriaca llamada Giselle, que de noche hacía su número en la sala de fiestas Kit-Kat y por las tardes conníÍgo. Para justi­ficar sus visitas al hotel, le decíamos a Madame Kalambakis que era una azafata de Lufthansa.

 

Una vez que fueron reabastecidos nuestros vasos por Emile? volví al punto:

 

-Madame, perdone usted mi indiscreción, y si no lo estima conveniente, no me lo diga: pero, ¿cómo es que funciona una operación de trueque de trigo del Canadá por papagayos del Brasil a través del Líbano? No es que quiera meterme en lo que no me importa; sólo tengo curiosidad de lego por saberlo.

 

Doña Marie me dio unas palmaditas en la mano.

 

No es ningún secreto, ya jabibi. Todos en el Líbano nos dedicamos a hacer operaciones de esta naturaleza, en mayor o menor escala, por supuesto. El país es muy pequeño, la agri­cultura muy reducida, la industria práctica­mente nula y para colmo no tenemos petróleo, como nuestros vecinos. Consecuentemente, de­bemos avivar el ingenio para poder subsistir del comercio. Lo hemos venido haciendo desde hace más de cinco mil años. Y no nos ha ido tan mal, gracias sean dadas a Dios y a su santa madre, la Virgen María.

 

-Sin embargo, usted no es libanesa…

 

-No, también gracias a Dios y a la santísima Virgen. Pero los armenios les damos punto y raya en cacumen mercantil a los libaneses, dignos descendientes de los antiguos fenicios; y éstos, a su vez, a los hebreos. Con eso está dicho todo.

 

Madame sacó un cigarrillo egipcio, que yo me apresuré a encender.

 

-Merci... -dijo arrojando una bócanada de humo perfumado-. En este negocio todo es cuestión de estar alerta, conocer los mercados y tener amplias conexiones. Por lo que respecta a la operación de hoy en la mañana, ocurre que a tiempo me informé acerca de una firma de Río de Janeiro que necesita importar trigo¡ pero que no dispone de divisas para pagado. Claro que les sería más fácil llevado de la Argentina, que está mucho más cerca, pero los ches exigen monedas fuertes, pues ellos también están atravesando por un período difícil, a pe­sar del peronismo. O posiblemente a causa de él. En cambio los canadienses dan crédito y aceptan cualquier divisa del occidente de Europa o determinadas mercancías que les hacen falta. Por otra parte, sé de una firma alemana que se interesa en aves del trópico para abastecer parques zoológicos y para utilizar sus plumas como adornos. O a lo mejor para transformarlas en instrumentos de precisión o en mantequilla sintética; usted sabe cómo son los teuto­nes... Pero eso no me importa. Yo, a través de mis agentes y corresponsales, compro a crédito el trigo en el Canadá; lo vendo en el Brasil, es decir, lo cambalacheo por papagayos; y éstos a la vez los coloco en Alemania. De esta ma­nera todos quedamos contentos: los canadienses, los brasileños, los alemanes y los papagayos. y yo, por supuesto. Especialmente tomando en cuenta que a todos les cobro comisión y que en ningún momento tengo que tocar ni un grano de trigo ni una pluma de psitácido.

 

-¿De qué?

 

-De psitácido. Ese es el nombre científico de los pajarracos. No tengo que tocados, ben­dito sea Dios, porque tanto ellos como el cereal serán embarcados directamente de su lugar de origen a su punto de destino.

 

-Ahora comprendo -sonreí-. Usted es nada más la intermediaria. Después, con los marcos alemanes que le den por los papagayos, usted liquidará el trigo a los canadienses.

 

-Ojalá no sea así -repuso Madame Atanas­sian haciendo una mueca-. Yo preferiría que los alemanes me pagasen con relojes cucú, de los que fabrican con tanto primor en Bavaria.

 

-¿Por qué?  

 

-Porque tienen gran demanda en el Canadá. De esta manera me ganaría una comisión adicional.

 

-Madame -dije emocionado-, es usted un genio. Es usted un Aristóteles Onassis con arra­cadas.

 

-Soy simplemente Marie -contestó la mujer bajando la mirada con mucha modestia-. Marie, la armenia. Una pobre fémina desamparada que perdió a sus padres y hermanos cuando la escabechina que hicieron los turcos, y que hasta la. fecha no ha encontrado un verdadero amor, un hombre con bigotes negros y frondosos que la comprenda…

 

Yo me puse en guardia. Afortunadamente Emile apareció en aquel instante con un nuevo peppermint trappé y otra ginebra con agua tó­nica, lo cual disipó por el momento la depresión sentimental que empezaba a invadir a la dama.

 

-Mira, jabibi -cambió de velocidad, tuteándome y agarrándome una mano-. En esta ciudad, si quieres comprar o vender cualquier cosa, y repito: cualquier cosa, no necesitas tener capital ni mercancía. Solamente dejas co­rrer la voz de que te interesa adquirir esto o liquidar aquello, y esperas. Tarde o temprano, generalmente más temprano que tarde, surgirán vendedores y compradores interesados. Tú les cobras comisión a ambos, y en paz. ¿Quieres hacer la prueba?

 

-¿Pero con qué? No tengo nada que pro­poner.

 

-Ya te dije que eso es lo de menos. Tú menciona cualquier mercadería y te prometo que antes de una semana la habrás comprado y vendido.

 

-Muy bien -dije un poco en plan de broma-. Vamos a suponer que trafico en... en corbatas italianas de seda.

 

-No es necesario suponer -repuso grave­mente Madame Atanassian-. Ya es un hecho, querido mío.

 

Esa misma noche, cuando regresé al hotel (la austriaca Giselle había estado impedida de hacer acrobacias conmigo aquella tarde), Madame Kalambakis, con su eterno cigarrillo en la boca, me preguntó de qué vuelo llegaba.

 

-Del de Tokio, con escalas en Singapur y Teherán.

 

-Muy bien, cochon. Ahí está un individuo esperándote. Debe ser de Ethiopian Airways, pues tiene cara de facineroso.

 

El sujeto en cuestión efectivamente tenía muy mala catadura, pero no era de la línea aérea abisinia. En cuanto me vio, se levantó apresuradamente de la butaca que ocupaba en el vestíbulo y se me acercó con muchas zalemas.

 

-Ajla-wa-sajla, ya estess! ¡Encantado de vedo, oh maestro!) -canturreó-. Soy Tanios Toufik, de Trípoli. Me he enterado de que dispone usted de una gran partida de corbatas italianas de seda.

 

-Bueno, no es tan grande -titubée. -¿Como cuántas son?

 

-Unas dos mil -dije vagamente-. O unas mil quinientas. A lo mejor no llegan a mil.

 

El señor Toufik de Trípoli entrecerró un ojo y me miró con suspicacia típicamente libanesa.

 

Después sonrió.      ,

 

-¡Ah, ya estess! iQué hábil comerciante es usted! Sabe que en estos momentos hay una tremenda escasez de corbatas italianas de seda en todo el Cercano Oriente, y que por otra parte existe una enorme demanda en Damasco, pues al gobierno sirio le ha dado por ahorcar con ellas a los disidentes del partido Baath. Dicen que el nudo corre suavecito, suavecito, y que se pueden despachar a quinientos rebeldes diarios sin mayor problema.

 

Yo, naturalmente, ignoraba todo esto, por lo cual me abstuve de responder. Sin embargo mi silencio fue interpretado por el señor Toufik como consumada marrullería de mi parte. Se llevó ambas manos al pecho y luego agarró las mías, sin soltarlas.

 

-¡Oh, pachá de las corbatas! -exclamó-­ ¿Es usted cristiano?

 

-Sí -admití, aunque con reticencia.

 

-Yo también -se santiguó-. Entonces. ¡véndamelas por los clavos de Cristo!

 

Si hubiera yo dicho que era musulmán, con toda seguridad se habría declarado mi correligionario y pedido que le vendiera las corbatas por las barbas de Mahoma.

 

-¡Véndamelas! ¡Véndamelas! –empezó a llorar-. Le compro cualquier cantidad que tenga: tres mil, cuatro mil, cinco mil... De ello depende el pan de mis hijos. ¡Y tengo nueve, ya estess!

 

-Bueno -le dije tratando de zafarme d sus agarrotados puños-. Venga usted mañana A ver si puedo disponer de unas dos mil.

 

El señor Toufik de Trípoli me besó las manos y luego la corbata.

 

-Shukram! (gracias), ¡Dos mil veces shukram, oh príncipe de los lazos corredizos! -gi­moteó-. ¡Ha salvado usted de la inanición a mis infelices diez hijos.

 

-¿No que tenía nueve?

 

-Es que hay otro que viene en camino -explicó con esa extraordinaria agilidad mental de los libaneses-. Y a lo mejor son mellizos, en cuyo caso será usted benefactor de once pobres criaturas... Mañana estaré aquí a esta misma hora sin falta.

 

Una vez que se hubo marchado el señor Tanios Toufik de Trípoli, me dirigí a la adminis­tración para pedir mi llave.

 

-¿Quién era ese salaud? -me preguntó Madame Kalambakis, echando bocanadas de humo.

 

-Un radio-operador de la KLM -le dije.

 

-Mmmm -gruñó con recelo-. Y tú, ¿a dónde vuelas mañana, canalla?

 

-A Ciudad del Cabo.

 

-Con seguridad no vuelves. El último parte meteorológico dice que sobre toda Africa del Sur se abate la tormenta más terrible del siglo.

 

-Por cierto, madame -le pregunté, asociando la tormenta con un rayo, con un rayo de es­peranza, del Cabo de Buena Esperanza-. ¿No sabe usted dónde podría conseguir dos mil cor­batas italianas de seda?

 

La chipriota entrecerró los ojos, no sé si a causa del humo que le llegaba a ellos o porque pensara que me había vuelto loco de repente.

 

-Mira, especie de camello -fue su respuesta-: si sigues bebiendo así, no podrás volar ni a la cama. He conocido miles de aviadores orates en mi vida, pero ninguno que me pidiera dos mil corbatas a las once de la noche de un jueves... y encima de ello, italianas. .. y para rematar, de seda...

 

Todo el día siguiente lo pasé cavilando dónde podría conseguir las prendas, ya que tenía un cliente seguro y además había dado mi palabra, aunque en el Líbano la palabra vale sorbete, sobre todo la de un mexicano. Más que nada pensaba en las infelices criaturas del señor Toufik, así como en la oportunidad de iniciarme en el fantástico negocio del trueque, que podría llegar a ser una lucrativa carrera. De acuerdo con la teoría y práctica de Madame Atanassian, en el sentido de que no se necesitaba tener la mercancía en mano, sino solamente los contactos, llamé por teléfono a nuestro agregado comercial en Roma -quien como era de esperarse no estaba en su oficina- y luego a diez cámaras de comercio en otras tantas ciudades de Italia, que a su vez me sugirieron comunicarme con ciento y pico de fabricantes del ramo. A todos ellos les propuse dátiles, dromedarios, alfombras persas, hashish, bayaderas y naranjas a cambio de corbatas, pero todos ellos me colgaron diciendo cosas terribles en italiano.

 

A las diez de la noche me llamó Madame Kalambakis también por teléfono a mi cuarto.

 

-Escucha, esperpento -me dijo-: aquí hay dos tipos que te buscan. Creo que son de la Pan American.

 

Cuando bajé al vestíbulo, me encontré con el señor Tanios Toufik de Trípoli y con un ciu­dadano igualito a él, a quien me presentó muy ceremoniosamente:

 

-El commendatore Pietro TagliateIli, de Torna a Sorrento.

 

El commendatore titubeó un instante entre besarme la mano o dar un golpe !le tacones. Se decidió por cuadrarse militarmente.

 

-Altezza... -me dijo.

 

El señor Touf, fue directamente al grano: -¿Me tiene usted las dos mil corbatas?

 

-Desgraciadamente no, jawasha (señor) Tanios -me vi obligado a confesar-. Hubo un  pequeño problema de última hora, sabe usted.

 

El señor Toufik se mordió las uñas.

 

-¡Qué contratiempo! -exclamó frunciendo el entrecejo-. Yo ya le había prometido al coronel Salah Massoud, el jefe de Estado Mayor de Siria, tenerle esta misma noche las dos mil corbatas en la frontera. Usted sabe lo que son los militares, especialmente los sirios. No sólo va en ello mi reputación como comerciante, sino que nunca más podré volver a Damasco, donde tengo grandes intereses. También me ahorcarían, y no precisamente con una corbata de seda.

 

Iba a encogerme de hombros y a abrir los brazos en actitud de disculpa, al estilo oriental, cuando el señor Toufik cambió de expresión súbitamente, de una (de profundo abatimiento a otra de exultación.

 

-Sin embargo -exclamó-, Dios es grande. Afortunadamente aquí está el commendatore Fettucini, dijo, Tagliatelli, quien por verdadero milagro tiene dos mil corbatas de seda auténticamente italianas. De Castiglione di Portomaggiore, para más señas.

 

-Las cuales están a su disposición, Altezza -intervino rápidamente el doble del señor Toufik de Trípoli-. No faltaba más.

 

Yo vi el cielo abierto.

 

-¿En cuánto me las vende? -le pregunté.

 

-No las vendo. Se las cambio por dos tractores.

 

-¡Pero yo no tengo tractores! -me lamenté.

 

El señor Toufik elevó los ojos y los brazos al cielo.

 

-¡Ah, cuán grande es el Dios de nosotros los cristianos! Desde luego mucho! más que el de los musulmanes. Decididamente la Providencia está de nuestra parte esta noche, ya estess. Da la casualidad. de que yo dispongo de dos tractores. Los estaba guardando para cambiarlos en Navidad por adornos japoneses para arbolitos, pero desde luego están a la entera disposición de usted.

 

-¡Gracias, jawasha Tanios! -lo abracé emocionado.

,

-No hay por qué darlas -repuso el señor Toufik bajando la cabeza.

 

-Entonces todo está arreglado -me froté las manos-. Usted, commendatore, le entrega las corbatas a nuestro amigo, y él a su vez le dará los dos tractores. ¿No es así?

 

-¡Exacto, Altezza! -gritaron los dos al mis-mo tiempo, dándose también un abrazo.

 

-E tutti contenti -agregué en mi modesto italiano.

 

-Tutti -convino el señor Toufik de Trípoli-. Ahora sólo falta una pequeña formalidad, ya estess: las comisiones. Business is business, como dice Mr. Eisenhower cuando les vende ca­ñones tanto a árabes corno a judíos

 

-¡Vengan! -volví a frotarme las manos. El libanés carraspeó discretamente.

 

-Le corresponde a usted darme doscientas libras libanesas me dijo.

         

-Y a mí otras tantas -agregó el commendatore.

 

-¿Pero por qué? -demandé escandalizado.

 

-A mí -explicó don Tanios-, por haberlo puesto en contacto con un señor que tenía las corbatas que tanto le interesaban.

 

-Y a mí -añadió Tagliatelli dando un nuevo taconazo-, por haberle conseguido los tractores que le hacían falta. Usted mismo se lamentó de no disponer de ellos para trocarlos por mis corbatas.

 

-Un momento  protesté-. ¿Y por qué no se cambalachearon ustedes mismos los tractores por las corbatas?

 

El señor Toufik se llevó una mano al corazón y dijo con aire de ofendido:

 

-Ya estess, yo soy un comerciante pobre, pero de mucha integridad y alta ética profesional. Jamás hubiera pasado por mi cabeza quitarle a usted un cliente, o saltarme su conducto después de haberle dado mi palabra. Yo necesitaba corbatas y prometí comprárselas a usted, que amablemente me las ofreció. Mi probidad y rectitud me hubieran impedido adquirirlas de una segunda persona, en este caso el commendatore aquí presente.

 

El padre de nueve hijos y otro -u otros­ por venir, se enjugó una lágrima.

 

-Después de haberme comprometido a comprarle las corbatas a usted, primero me dejo crucificar, como a nuestro Redentor, antes que mercarlas de cualquier otro... Inclusive del propio Redentor, que con toda seguridad me las hubiera dado gratis.

 

Tagliatelli, más dueño de sí mismo, se abstuvo de lagrimear, pero también alegó con vehe­mencia:

 

-Y a mí, Altezza, me tocan doscientas libras de comisión por haberle proporcionado un cliente que disponía de dos cañones, digo, de dos tractores, que usted mismo confesó no tener. Yo ignoraba que jawasha Tanios los tuviera. Y aun de haberlo sabido, no le hubiera propuesto la operación de trueque directo por mis corba­tas, conociendo sus escrúpulos.

 

Súbitamente me percaté de que la Providencia, a pesar de estar aquella noche decididamente de nuestra parte, no me había llamado por los senderos del comercio y menos del cambalache, especialmente entre aquellas fieras con cinco mil años de prá tica y experiencia. Opté, pues, por entregarles al señor Tanios Toufik de Trípoli y al comendatore Pietro Tagliatelli sus sendas comisiones de doscientas libras libanesas. Los dos se despidieron con muchos abrazos, bendiciones y taconazos.

 

-Da gusto tratar con caballeros -dijo el tripolitano.

 

-El día que usted quiera -agregó el co­mendador-, hacemos otra piccola combinazione: estoy por recibir diez mil sarapes mexicanos...

 

Un poco mareado, me dirigí una vez más a la administración para pedir mi llave.

         

-¿De dónde llegas? -me preguntó Madame Kalambakis.

 

-Creo que del Polo Norte. Me siento un poco Santa Claus, madame.

 

-No sabía, que te habías cambiado a Scandinavian Airways, imbécil.

 

-Yo tampoco...

 

Madame me dio la llave y me ofreció un cigarro, cosa muy poco usual en ella.

 

-¿Quiénes eran ese par de micos? -Dos mecánicos de Iberia.

 

La veterana hija de Famagusta encendió su pitillo con el mío.

 

-Qué raro -dijo-. Juraría haberlos visto antes. No sé por qué me recuerdan a dos mellizos, tratantes en mulas, camellos y borricos, al servicio de una tal Marie Atanassian, una armenia fondona que se las sabe todas…

 

-Alors, a demain, madame -me despedí.

 

La chipriota contestó con su habitual gruñido, entre fumaradas. Ya que iba yo a mitad de la escalera, me gritó:

 

-¿A dónde vuelas mañana? -Al Congo Belga.

 

-Bueno, que tengas buen viaje, animal. Sólo quería decirte que ya te conseguí las dos mil corbatas italianas de seda que te interesa­ban.

 

 

       

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “La vuelta al mundo con 80 tías”.

 

 


 

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Marco A. Almazán

 


 

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