Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

La cama y el ataúd *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Tanto la cama como el ataúd fueron inventados por los chinos hace cientos de miles de años. Pero tanto a una como al otro les dieron características perfectamente bien definidas, las cuales hay que tomar muy en cuenta para evitar errores y confusiones que pueden ser bastante desagradables. Por ejemplo, si comparamos una cama con un ataúd, advertimos que existen entre ellos algunas diferencias sustanciales, a pesar de que ambos objetos se usan en posición horizontal, principalmente para sostener cuerpos humanos en reposo.

 

Examinemos algunas de estas diferencias para grabadas bien en nuestras mentes, evitando así la funesta posibilidad de que un día o una noche --que para el caso da igual- nos equivoquemos y nos metamos en una en lugar del otro, o viceversa, que para los efectos subsecuentes lo mismo da.

 

Observemos también que la cama suele ser algo más ancha que el ataúd, lo cual se debe primordialmente a que el usuario -o la usuaria- de la cama suelen ser bastante más movibles que los ocupantes del ataúd. Son tan movibles los ocupantes de las camas, que casi parecen Días de Corpus Christi; suponiendo al usuario colocado boca arriba en el centro de la cama (en posición supina o dorsal, como dicen los truculentos médicos forenses), el sujeto puede girar sobre sí mismo ora hacia la derecha, ora hacia la izquierda, cambiazos que no les son dados a los inquilinos del ataúd, aunque en vida hayan sido políticos y hayan pertenecido a veces al PAN y a veces al PRI.

 

Otrosí, cuando la temperatura de la cama se eleva excesivamente a causa del calor difundido por el cuerpo del propio ocupante, éste tiene la gran ventaja de disponer de un extremo más fresco; inclusive puede levantarse, darle una patada a la cama y meterse en una hamaca o en una tina de agua fría, privilegios que, obviamente, le están vedados al usuario de un ataúd, ya que allí donde 10 ponen, allí se queda.

 

La iluminación de ambos muebles también es diferente; la cama se ilumina desde la cabecera, con luces situadas en el centro o bien con lamparillas a ambos lados o simplemente en uno de ellos. La explicación es que el usuario puede desear leer, tomar una aspirina o encontrar la cajetilla de cigarros que dejó sobre la mesilla de noche; colocar la dentadura postiza en un vaso de agua, consultar el reloj para darle combustible a su insomnio, etcétera. En el caso de una usuaria, las luces también sirven para comprobar que el borrachón de su marido todavía no ha llegado a casa ni metídose en la cama, bueno, en la cama propia, como es natural. En pocas palabras, el ocupante de la cama quiere ver, no ser visto.

 

En el ataúd, en cambio, la iluminación se realiza o produce desde las cuatro esquinas del mismo, y no a base de lamparillas eléctricas, sino de velas grandes y gordas que en el gremio llaman “cirios”. Como es de imaginarse, este no es un sistema muy cómodo para que el o la ocupante puedan leer o ver algo, pero en el fúnebre caso que examinamos no se trata de que el o la ocupante vean, sino de que los vean a ellos, y para tal menester la luz de los cirios es bastante; si aun así hace falta más luz, se recurre a un libanés, y así se dispone de un cirio-libanés. (Perdonen ustedes el chiste malo y la obvia falta de ortografía, pero es que me salió sin querer).

 

Otra diferencia fundamental -además de la presencia de muelles a resortes en la cama y su ausencia en el ataúd-, la constituye la cuestión de la tapa o cobertura: En la cama la cobertura es suave, flexible, fofa y acogedora, conservadora de calor y hasta coquetona, pues viene en diversos colores y lleva adornos tejidos. El usuario se arropa con ella, envolviendo su cuerpo y hasta el de su mujer, suponiendo que la señora tenga frío y que los dos no estén de pleito, sino de buen humor y con ganas de hacerse el amor; en el ataúd, en cambio, la tapa es rígida, inflexible; no se adapta al cuerpo (pues lo mismo sirve para una jovencita quinceañera que para un notario público medio calvo y sesentón), en tanto que la tapa del ataúd siempre guarda respetuosa distancia con respecto a su contenido.

 

Asimismo la cama puede ser de tamaño doble, en cuyo caso recibe el nombre de “matrimonial”, aunque los ocupantes no estén necesariamente unidos por la Iglesia y ni siquiera por lo civil. Los ataúdes, por lo contrario, son estrictamente individuales, ya que, por mucho afecto que se tenga una pareja de cónyuges, el “cónyuge supérstite” (como dicen los abogados pedantes), prefiere continuar usando la cama solo durante bastante tiempo, aunque no tenga a quién acurrucarse. Y aun en el caso de que eventualmente lleguen a compartir una misma sepultura, los dos prefieren disponer de ataúdes personales, para poder decir con mucha euforia: “¡Al fin solos!”.

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Real y verdadera historia de los inventos”.

 

 


 

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