Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

La caja de cerillos *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Está aquí, encima de mi escritorio, haciendo humilde y silenciosa guardia junto a la cajetilla de cigarros y el cenicero; un objeto aparentemente sin importancia, que no reclama ninguna atención a primera vista: una cajita de cartón de escasos tres y medio por cinco centímetros, con la imagen manca de la Venus de Milo, un nombre comercial y el número de registro en Hacienda, así como el imprescindible timbre fiscal; yo creo que hasta cuando nos muramos seguiremos pagando impuestos, ya sea en el cielo o en el infierno, vaya uno a saber. La cajita de cerillas no constituye, pues, ningún artefacto excepcional y ninguna obra de arte, ni siquiera un elemento vital. Si la abro, aparecen diez o doce cerillas, pequeños y delicados cuerpecitos de cera con una cabeza calva y colorada, sin rostro ni expresión. Cinco o seis tallitos condenados a convertirse en humo y ceniza en un momento cualquiera; los otros, a chisporrotear efímeramente y a ser tirados al suelo al no llegar a cumplir su misión de dar lumbre.

 

Y sin embargo. .. En el interior de esta pequeñez, de esta minucia, de esta cajita de cartón común y corriente, si se mira con detenimiento, se descubren miles y miles de años de, historia de la Humanidad: desde aquel día de intenso frío -como tantos otros y tan lejano que a ninguno se le ocurrió anotar la fecha-, en que un hombre peludo, de caminar encorvado y con cara de chofer de camión, se atrevió a acercarse por primera vez a las ramas que había encendido un rayo y se quemó la mano al pretender asir las lenguas rojizas y danzantes que brotaron de repente. ¡Portentoso misterio! vivificante y a la vez aniquilador.

 

El hombre peludo dió un grito e instintivamente se chupó un dedo. Pero a sus voces se congregaron los demás miembros de la tribu y, al advertir el sabroso calorcillo y la luz que irradiaba el tronco ahora en llamas, decidieron llevado guiado a distancia con largos palos y ramas que también se encendían, al rincón más profundo de la caverna. ¡Luz y sonido! ¡Digo, luz y calor en la helada y lóbrega noche invernal! Todos los hombres y mujeres peludos allí congregados se postraron en el suelo y adoraron al tronco convertido en fuego…

 

Todavía tardaron muchos miles de años en aprender a producido por sí mismos, mediante el rudimentario, pero ingenioso sistema “boyscout” de frotar dos palos secos durante horas y horas, hasta que empezaban a echar humo. También tardaron mucho tiempo en descubrir -y esto por accidente, al caerse un niño en la lumbre, que la carne cruda puesta sobre las brasas despedía un olorcillo por demás agradable, y que adquiría un exquisito sabor, especialmente si se aderezaba con un diente de ajo, una pizca de pimienta y sal al gusto del consumidor.

 

Con el transcurso de los siglos, sin embargo, el fuego perdió mucha de su categoría mágica y quedó convertido en uno de los cuatro elementos de la Naturaleza. Luego pasó a ser un simple manantial de luz y calor, arma destructora, aviso “a los navegantes, símbolo del infierno, orden para fusilar al prójimo, nombre de una isla helada en el extremo sur del continente americano, entretenimiento predilecto de la santa Inquisición, juego peligroso de los chiquillos traviesos, fuente de trabajo para los bomberos y finalmente cajitas sin importancia sobre mi escritorio.

 

 

 

Música de fondo: “Light my fire”, tema del grupo de rock norteamericano The Doors.

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Ni todo lo bueno ni todo lo malo, sino todo lo contrario”.

 

 


 

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