Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Un cadáver comedido *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Recordemos en esta ocasión, señoras y señores, a don Tarsicio Alpuche y Valderrabano, quien en vida fue el hombre más comedido del mundo y continuo siéndolo aun después de su muerte.

 

Don Tarsicio nació en una pequeña capital de provincia, y desde muy pequeño dio muestras de ser extraordinariamente servicial y bien educado. Empezó por ceder los exuberantes pechos de su señora madre a diversos niños huérfanos, conformándose él con un biberón cualquiera. Más mayorcito, cuando cometía alguna travesura que en su concepto merecía castigo, el mismo se  bajaba el pantalón y le entregaba el cinto a su señor padre para que éste le propinara la azotaina que estimase conveniente.

 

En la escuela siempre tuvo prontos el borrador y los gises para el maestro, y si había que hacer algún mandado, él era el primero en ofrecerse para desempeñarlo. Jamás disfruto de su merienda completa, pues invariablemente la compartía con los demás niños de la escuela, y si éstos tiraban migas al suelo, Tarsicio iba por una escoba para barrerlas.

 

Andando el tiempo, el joven Alpuche y Valderrábano se recibió de abogado y abrió un bufete, el cual se convirtió en el centro de reunión y descanso de todos los desocupados de la ciudad, los cuales constituían _y siguen constituyendo_ una placida mayoría. Don Tarsicio, el hombre servicial por excelencia, siempre tenía a mano el periódico, los cigarrillos, la copa o la taza de café para ofrecérselos a sus asiduos visitantes.

 

En la calle a todos cedía la acera, y en las puertas era él quien invariablemente se incrustaba contra la pared para permitir el paso de sus acompañantes, lo mismo fuera el señor gobernador que el chico de la panadería. Las criadas decían que era muy bueno, los niños lo adoraban y las vecinas lo ponían como ejemplo a los Atilas de sus maridos.

 

Sin embargo, por servicial y dadivoso, y sobre todo porque nunca quiso participar en política (ya que indefectiblemente hubiera concedido la victoria a sus contrincantes), el abogado don Tarsicio Alpuche y Valderrábano se quedó sin un céntimo en el bolsillo. Un día se dio cuenta, muy acongojado, de que ya no podía comprar el periódico, los cigarrillos, la copa ni la taza de café para obsequiar a sus visitantes y amigos.

 

Incapaz de importunar a nadie con solicitudes de ayuda a menos con sablazos, don Tarsicio decidió ausentarse de este mundo de la manera más discreta posible. Para ello, hizo los arreglos necesarios en el cementerio y después escogió un solar baldío, donde no podía estorbar un importunar a nadie. Cargo un viejo pistolón, recuerdo de familia, y se dispuso a emigrar calladamente a las regiones etéreas. Siempre amable, antes de morir se puso un cartelito que decía: “Ruego a ustedes perdonar el ruido y las  demás molestias que pueda originar su atento y seguro servidor”. Después se pegó un tiro.

 

Cuando el médico forense se presentó para hacerle la autopsia, quedó agradablemente sorprendido al ver en el pecho de don Tarsicio una serie de líneas punteadas, claramente señaladas con tinta china. Debajo de ellas, prendido con un alfiler, encontró un papelito con las siguientes instrucciones: “Sírvanse ustedes cortar por la línea de puntos…” De esta manera la autopsia pudo hacerse en menos de cincuenta minutos.

 

Al enterrarlo, los acompañantes del duelo pudieron advertir cómo el cadáver de don Tarsicio Alpuche y Valderrábano se hacía a un lado. Aunque ya bien muerto, el hombre se quitó el sombrero y dijo en voz tenue:

_ Después de ustedes, caballeros…

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de El libro de las comedias”.

 

 


 

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