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De aquí y allá

 

 

Las broncas conyugales *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Las broncas conyugales se diferencian de las demás broncas por la circunstancia de que ocurren entre cónyuges. Esto, que a primera vista parece una verdad de Perogrullo, encierra sin embargo una sutilísima filosofía y explica en sí la espantable naturaleza de las grescas entre marido y mujer.

 

Usted puede tener un broncazo con un taxista, con un vecino de asiento en el fútbol o con un impertinente cualquiera en la calle. Habrá gritos, improperios y si se quiere, hasta golpes. En caso extremo podrán terminar los dos en la comisaría. Pero una vez liquidada la cuestión, para bien o para mal, cada uno sigue su camino, y en paz. Aun de volver a encontrarse al malandrín en días subsecuentes, lo más probable es que haya un intercambio de miradas feroces, pero nada más. Y si coinciden al cabo de tres meses en una cantina, seguramente se invitarán mutuamente a un par de copas y terminarán tan amigos.

 

¡Qué diferencia, en cambio, con las broncas conyugales! Hace un momento citaba el caso (extremo) de los pleitos comunes y corrientes que concluyen en la comisaría. Ahí, al menos, priva la justicia, ya que si ambos contrincantes quedan detenidos, el Estado vela por su tranquilidad física y espiritual y les asigna celdas por separado. En tanto que en las broncas conyugales no hay justicia que valga. Quiera uno que no, después de la trifulca no queda más remedio que ocupar los bordes extremos del lecho conyugal (terreno por demás propicio para la continuación de las hostilidades), o bien largarse uno a otra habitación, que por no ser la de uso corriente, se encuentra desprovista de mantas, de almohadas y a veces hasta de cama. A mi tío Paco invariablemente le toca el cuarto de los juguetes, con el resultado de que tiene que mal dormir rodeado de o de peluche, con las piernas al aire en una cama de un metro y treinta por cincuenta centímetros.

 

Las broncas conyugales tienen los más variados orígenes, pero una misma característica: la de perpetuarse en tiempo y en espacio. Podrá cada una de ellas terminar aparentemente en un momento determinado, pero todas se mantienen en estado latente para aflorar más tarde con impresionantes ampliaciones en cuanto surge una nueva jarana. A mí no deja de maravillarme la infinita capacidad de memoria que tienen las mujeres para sacar a relucir hechos y circunstancias que ocurrieron hace cinco o diez años. La bronca de hoy, en un momento determinado se dispara hacia atrás y termina con un apasionado análisis de la de abril de 195ó, con escalas, circunvoluciones y recalentamiento de las intermedias.

 

Los orígenes de las broncas conyugales son de una diversidad extraordinaria, si bien se pueden circunscribir a cuatro fuentes genéricas:

 

a) Las incursiones del marido en los reinos de Baco. b) Las veleidades amorosas -supuestas o verdaderas- del propio paterfamilias.

e) Las cuestiones económicas, con su constelación de temas para jaleo, y d) Las opiniones sobre las respectivas familias políticas.

 

Evidentemente que hay toda una gama de motivos para que surja un broncazo entre marido y mujer, pero casi siempre la génesis del asunto puede quedar catalogada dentro de una de estas cuatro amplias divisiones, sin perjuicio de que haya trifulcas que disfruten de dos, o tres, o de todas las características anotadas. Si la señora tiene un poco de imaginación (¿y quién no la tiene?), en un santiamén podrá aderezar cualquier bronquita insignificante con jugosos ingredientes adicionales. Yo he tenido agitadas discusiones que se han iniciado con un inocente comentario de sobremesa acerca de la política del gobierno británico, y que sin explicármelo de momento, se han remontado con velocidad de cohete al estado de la economía europea en general, al de nuestro país en particular, y de ahí al precio de la leche, a la cantidad de dinero que mi tío Paco da para el gasto de su casa, a lo que percibía mi suegra por el mismo concepto, a lo que derrochó mi hermana en la Navidad de 19ó0, a la trompa que cogí en la misma ocasión, a la vez que llegué tarde y oliendo a colonia barata dos años antes, y así sucesivamente, hasta llegar al momento cumbre (donde suelen rematar mis broncas, con luces de colores) de recordar que a los ocho días de casados llamé “Pili” a mi mujer…

 

Siendo que ella se llama María Luisa.

 

 

Música de fondo: “Obladdí Obladá”, tema de Los Beatles.

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

     Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

     Tomado del libro “Clarooscuro”.

 

 


 

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