Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Aventuras en el espacio *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

_ ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás con esa cara tan larga? _le preguntó el astronauta a su mujer, al verla con el gesto avinagrado.

_ ¡De sobra sabes lo que me pasa! _gruñó ella mientras ponía la mesa.

_Te juro que no tengo la menor idea de que estas hablando.

_No te hagas el tonto. Desde que comenzó la cuenta retrocesiva, parece que estás en las nubes y no hablas con nadie.

_No había reparado en ello. Pero si es así, la cosa es explicable. Piensa que dentro de 48 horas estaré en camino a la Luna.

_ Y supongo que estarás encantado con la perspectiva.

_  Pues sí. Francamente lo estoy. Esta será la culminación de mi carrera como astronauta. Llevo cinco años de entrenamiento en Cabo Kennedy y se llegó la hora.

_ Debería darte vergüenza. . . _dijo ella después de un minuto de agorero silencio.

_ ¿Vergüenza? ¿Pero por qué, de qué, mujer?

_ ¡A tus años, casado, con tres hijo, y pensando nada más que en aventuras espaciales!

_Las aventuras espaciales no tienen nada de malo.

_A tanta altura, ve tú a saber…

_Sólo hombres.

_Eso es lo que siempre dicen ustedes: cuando van de cacería, de pesca, en viaje de negocios, a una convención… “sólo vamos hombres”. Y a la media hora ya están bebiendo y jugando póker, o bebiendo y en brazos de una lagartona. O de varias. A otra con ese cuento.

_ Pero hija _saltó el cosmonauta_. ¿Cómo puedes suponer ni por un momento que un viaje a la Luna sirva de pretexto para correrse una juerga? Te has vuelto loca.

_ ¿Entonces por qué lo llaman “aventura” espacial, y no viaje espacial, o expedición espacial, o excursión espacial? Aunque esto último también podría servir de pretexto para una escapada.

El cosmonauta se sentó a la mesa y se anudó una servilleta alrededor del cuello. La mujer se sentó en la orilla de su silla y se puso a hacer bolitas de migajón, sin probar bocado alguno.

_Se les llama “aventuras” por los riesgos que entrañan _dijo él, tomando una cuchara de sopa_. De cualquier manera, esto me parece lo más absurdo que he oído en mi vida. Que a los veinte años de casados tengas celos y sospeches de mi trabajo.

_Pero es que no se trata de un trabajo común y corriente _insistió ella, con esa terquedad machacona tan característica de las esposas cuando discuten_. Se trata de una aventura espacial si tú quieres, pero de cualquier modo una aventura. Y las aventuras siempre se han corrido con aventureras.

_ Pues ésta no.

_ ¿Y por qué había de ser distinta? _preguntó ella empezando a hacer pucheros_. Las aventuras son siempre aventuras. Y mientras tú andas por ahí en el espacio, sepa Dios con quién, yo en casa sola, fastidiada, sin poder salir, cuidando a los niños. Vamos a ver, ¿por qué no te llevas por lo menos a uno de los chicos?

_ Mujer, a las aventuras espaciales no pueden ir niños…

_ ¿Ves?  _exclamó ella con aire triunfal, aunque a punto de estallar en lágrimas_. ¿Ves? ¡Ya me lo imaginaba!  No, claro, a las aventuras espaciales no pueden ir niños. Ni a las aventuras espaciales ni a las aventuras en Acapulco.

El cosmonauta apartó su plato y dio un manotazo en la mesa.

_ ¡Mildred, no seas idiota! _rugió_. Vas a hacer que me suba la tensión arterial y entonces los médicos no me permitirán ir a la Luna.

_ Pues ojalá no te lo permitieran. Así se ahorrarían tantos trabajos después. ¡Sepa Dios que enfermedades contraerán los hombres cuando se corren esas  aventuras! Por algo los tienen luego en cuarentena metidos en una caja… Aún así, siempre existe el riesgo de que después nos contagien a nosotras, sus inocentes mujeres…

El astronauta se levantó del asiento y se quitó la servilleta de un tirón.  Iba a decir una burrada, pero se contuvo, mientras la mujer continuaba con su monótona cantinela:

_ Por algo llaman “Apolo” a la nave espacial. ¿Tú crees que yo no sé quién fue Apolo? Pues te equivocas, porque ya lo consulté en la enciclopedia. Vi su foto, y es un hombre muy guapo. De esos que salen a hacer conquistas. A eso es a lo que van. Además, tú lo  que quieres es que me acostumbre a tus aventuras espaciales, para después largarte todos los sábados en la noche a tus aventuras terrestres. Pero estás muy equivocado, porque yo…

El cosmonauta ya no oyó las últimas palabras de su mujer, pues salió de casa dando un portazo y se dirigió al cosmódromo de un humor de todos los diablos, deseando en su fuero interno que la expedición se quedara para siempre en la Luna.

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de El libro de las comedias”.

 

 


 

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