/ / Marco A. Almazán  

 

 

 

 

La arquitectura como frustración *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Dionisio Arquitrabe, hijo de buena familia y arquitecto recibido, movió su whisky con la regla de cálculo y me dijo:

 

- Nuestra profesión tiene muchos sinsabores, el más agraviante de los cuales es que los ingenieros hagan incursiones en ella. Más que incursiones, verdaderos safaris. A ningún arquitecto que se respete se le ocurre trazar carreteras, acotar ejidos, perforar pozos de petróleo o ser subsecretario de Pesca, pero en cambio no hay ingeniero que no se meta a construir -y lo que es peor- a proyectar casas. El resultado está a la vista: la mayor parte de las zonas residenciales de nuestras ciudades son verdaderos adefesios. Dentro de los perímetros antiguos, de austera y bellísima arquitectura colonial, los ingenieros metidos a constructores encajan bodrios que parecen gavetas de escritorio, cohetes espaciales o colmenas. Perdón. No debí haber empleado este último ejemplo. Desde tiempo inmemorial, las abejas construyen con gran sentido estético, aunque monótono.

 

Dionisio bebió un pequeño sorbo y continuó:

 

- Los arquitectos nos pasamos años enteros estudiando historia del arte y recorriendo mundo para asimilar estilos y después poder aplicarlos inteligentemente, de acuerdo con las necesidades actuales y las características de nuestro medio o bien para acicatear nuestro propio sentido de lo armonioso, lo funcional y lo bello. Pero, ¿qué ocurre? Que cuando por fin nos sentamos a proyectar es porque al cliente ya se lo conchabó un ingeniero para construirle una casita según recorte de una revista norteamericana. Como el modelo en cuestión consta de chimenea, que aquí no tiene uso práctico, aprovechan el espacio para hacer un cuarto de costura o un gallinero. En otras ocasiones llegan a construir la chimenea, con el resultado de que se les cae allí un niño y se quema, o bien se achicharra toda la familia durante once meses al año, ya que si tienen chimenea en la casa, se creen en la obligación de usarla.

 

Dionisio Arquitrabe miró a su alrededor con displicencia.

 

- Tenemos muchos otros enemigos -agregó-. Los planes de “pague su casa como renta” es uno de ellos. Yo estoy muy de acuerdo en que al ciudadano insolvente se le dé la oportunidad de convertirse en propietario y dejar de engordar al casero durante cincuenta años. Pero desgraciadamente estas ofertas casi siempre están urdidas por compañías constructoras que no tienen más propósito ni prisa que el de descontar las letras en un banco. En consecuencia, edifican veinte o treinta conejeras y se las enjaretan a otros tantos incautos que, con muchos sacrificios y penalidades, logran reunir diez o quince mil pesos en efectivo y que están rabiando por convertirse en propietarios. Independientemente de lo antiestéticos que resultan estos chiribitiles, a los dos meses se les empiezan a caer los techos, a agrietarse las paredes y a estallar las instalaciones del agua y del gas.

 

El arquitecto vigorizó su vaso con el noble producto de Escocia.

 

- En otras ocasiones - continuó, sonriendo con amargura-, recurre a nosotros un cliente con dinero e inteligencia, y nos encomienda el proyecto y construcción de su vivienda. Dispone del terreno y nos indica más o menos cuáles son sus necesidades. Nosotros, después de un Te Deum en catedral, nos lanzamos entusiastamente a nuestro oficio, poniendo todo nuestro empeño y el acervo de nuestras dotes artísticas y conocimientos técnicos. Pero entonces surge la mujer del cliente, casi siempre una señora gorda, fea y autoritaria, llena de prejuicios y con ideas muy arraigadas. Bueno, llamémoslas ideas por caridad cristiana. Quiere un ventanal japonés con luz indirecta; un corredor veneciano con bóveda catalana; al lado, una mansarda con torreones y servicio de ascensor. El techo con tejas rojas y ventanas ojivales en el comedor. El garaje debe tener comunicación directa con la cocina y su recámara. El bar, giratorio, para que su marido y sus amigotes se caigan a la segunda copa. El cuarto de los niños con vista al poniente, pero en tal forma que puedan ver salir el sol. Columnas dóricas en la sala y azulejos verdes en la terraza, así como losas de concreto, pero que parezcan mármol. A los ocho días cambia de opinión y a los nueve meses tiene otro niño, por lo cual hay que añadir una recamarita junto al cuarto de la criada, pero sin quitarle espacio a la despensa. Te digo que es como para pegarse un tiro.

 

En esos momentos se acercó discretamente el camarero.

 

- Arquitecto, lo llaman a usted por teléfono de Infraconstrumex.

 

- ¿Qué es Infraconstrumex? -pregunté, curioso.

 

- Es la firma de ingenieros donde trabajo -sonrió anémicamente Dionisio Arquitrabe.

 

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Cien años de humedad”.

 

 


 

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