Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

La ancianita del 400-B *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Los vecinos de un gran edificio de apartamentos en condominio en uno de los suburbios de la caótica ciudad de México, desde hace tiempo dan señales de padecer serios trastornos nerviosos. Unos gesticulan y hablan solos, otros tienen “ties” como si estuvieran atacados del mal de San Vito, los más pegan un salto al menor ruido y todos están pálidos y ojerosos.

 

La razón del lamentable estado de salud de los mil y pico de vecinos del citado edificio, es simplemente que durante los últimos tres años no han podido dormir una noche completa. Dormitan a ratos, en las primeras horas de la noche, y luego ya no vuelven a pegar un ojo hasta que amanece, cuando ya es hora de levantarse para ir a sus respectivas ocupaciones. Algunos aprovechan el viaje en el autobús o en el “metro” para descabezar un sueñecito, otros duermen a escondidas un rato en la oficina y casi todos se meten en algún cine por las tardes, no con el propósito de ver la película, sino d recuperar aunque sea un par de horas de sueño perdido.

 

La causa del insomnio colectivo que aflige a estos sufridos ciudadanos, es el aparato de radio de doña Elpidia, una ancianita que ocupa el departamento 400-B, justamente en mitad del edificio. Doña Elpidia es viuda, vive sola y no tiene más compañía y distracción que su radio. Casos como el suyo son muy frecuentes en estos tiempos en todas las grandes ciudades del mundo. Sin embargo, doña Elpidia tiene la particularidad de ser un poco sorda y de no poder dormir de noche, sino de día.

 

Consecuentemente, cuando dan las nueve de la noche y los demás vecinos —que son gente de orden y de costumbres morigeradas— se disponen a meterse en la cama, doña Elpidia se levanta de la suya y se dirige a la cocina para preparar y tomar su desayuno. De paso, enciende el aparato de radio y lo pone a todo volumen para poder escuchado con claridad, pues repetimos que no oye muy bien debido a sus muchos años. Y ya no lo apaga hasta las siete y media de la mañana, cuando los vecinos se levantan de sus camas diciendo palabrotas y dándose a todos los diablos, tras una noche más de insomnio. A esa hora doña Elpidia cena, se pone su camisón y se acuesta a dormir plácidamente.

 

* * *

 

Los vecinos han protestado en persona, por carta, por teléfono y hasta por la misma radio. Se han quejado a la policía, han escrito cartas a los periódicos y elevado instancias a las más altas autoridades de la ciudad y de la República. Algunos de ellos, inclusive, se han dirigido a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Pero todo ha sido en vano, Cuando los representantes de la ley se han presentado en el departamento 400-B del gran edificio en condominio, han sido recibidos por una encantadora ancianita, menuda y encorvada, de cabellos blancos y nublados ojos azules, aparentemente incapaz de hacerle daño a una mosca, que vive sola en su pequeño apartamento y no tiene más solaz en la vida que su inocente aparato de radio.

 

A los representantes de la ley se les encoge el corazón —muchos de ellos incluso se acuerdan de sus propias madres o de sus bondadosas abuelitas— y sencillamente no pueden proceder en contra de doña Elpidia. Mientras tanto, a tos demás vecinos también se les están poniendo los ojos nublados y el pelo blanco, no por la edad, sino por no haber podido dormir una noche completa desde hace tres años. Y muchos de ellos ya andan más encorvados que la misma ancianita.

 

La buena señora alega que hace uso “ordinario” de su radio, y que si acaso el ruido molesta a sus vecinos, se debe a que” las paredes del edificio están construidas de material muy endeble, posiblemente de cartón mascado.

 

— No me explico por qué se quejan –dice doña Elpidia enjugándose una lágrima que corre por sus apergaminadas mejillas—. Siempre procuro poner música selecta, tanto clásica como popular, incluyendo bonitos pasodobles y tonificantes marchas militares alemanas, En las primeras horas de la madrugada se escuchan maravillosos programas de estaciones europeas, africanas y asiáticas. A esas horas se captan estupendamente bien. Hay uno, de Radio Cairo, que transmite cante jondo árabe durante tres horas seguidas, sin interrupción de ninguna especie, ni siquiera de comerciales. Radio Pekín también tiene programas muy bonitos. Y muy largos. A mí me encanta la música china.

 

— ¿Aun a las cuatro de la mañana? —le preguntó una vez el policía encargado de presentar la enésima queja de los vecinos.

 

— La hora no tiene nada que ver —se encogió de hombros la frágil ancianita—. Además, como decía el señor Einstein, todo es relativo en este mundo: cuando en México son las cuatro de la mañana, en China ya son las seis de la tarde de ese mismo día.

 

Doña Elpidia volvió a llevarse la punta del delantal a sus ojos húmedos y apagados.

 

— Por otra parte —añadió—, yo sólo soy una pobre viuda, una inofensiva anciana que vive calladamente y no se mete con nadie, dedicada a sus rezos, su confección de dulces para los niños pobres y su costura. Y a su radio.

 

 

 

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Eva en camisón”.

 

 


 

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