Ven a mi mundo

 

   De aquí y allá    

 

 

El acomodador novato *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

El rayo de luz espantó en la obscuridad de la sala de cine, para orientar al matrimonio.

 

_Fila veintidós, asientos dieciocho y dieciséis _le dijo el caballero al acomodador.

 

_Con mucho gusto _repuso este_. Hagan favor de seguirme.

 

Al cabo de andar un rato dándose tropezones con todos esos misterios salientes que hay en todos los cines para castigar a los que llegan tarde, el caballero musitó:

 

_Me parece que ya dejamos atrás la fila veintidós…

 

_Posiblemente tenga usted razón _titubeo el acomodador_. Es que soy nuevo, ¿sabe?

 

_Yo creo que andamos por la fila diez _opinó la señora.

 

El acomodador dirigió el haz luminoso al respaldo de un asiento, dejando medio ciego al espectador que tuvo la imprudencia de volver la cabeza.

 

_Tiene usted razón, señora. Esa es la fila diez. Es que como soy nuevo…

 

No se preocupe _dijo el caballero, que era un hombre muy comprensivo y educado_. Nosotros conocemos bien el terreno porque venimos a este cine muy a menudo. Además, se nota que usted es muy joven.

 

_Retroceda y nosotros le iremos indicando _sugirió la dama.

 

El acomodador novato dio la media vuelta, tropezó con la pierna extendida de otro espectador, y para no caer al suelo se agarró de la señora. Después, dando traspiés, avanzó hasta que el señor lo detuvo.

 

_Yo creo que sería mejor entrar por uno de los pasillos laterales, para molestar menos al público.

 

_¿No venimos por uno de ellos? _preguntó el acomodador.

 

_No, hombre. Venimos por el pasillo central.

 

_¡Caray, es verdad! No me había dado cuenta. Es que como soy nuevo, ¿sabe usted?

 

_Venga por aquí _dijo el caballero, tomándolo del brazo.

 

Al llegar al extremo de la sala, el acomodador se dirigió a la derecha.

 

_Oiga, joven –intervino nuevamente la señora_. Nuestras butacas son la dieciocho y la dieciséis, o sea, que están a la izquierda.

 

_Es verdad _convino el acomodador, retrocediendo atientas con un brazo extendido, lo cual motivó que le metiera dos dedos en los ojos a un señor bajito que venía entrando.

Después de disculparse, continuó avanzando con paso inseguro, seguido por el matrimonio. De pronto se escuchó un golpe seco, acompañado de dos o tres vocablos poco edificantes.

 

_¿Qué pasó? _preguntó la señora, agarrando a su marido por el brazo.

 

_Debe haberse caído en el escaloncito ése junto a la salida de emergencia. Acuérdate que yo al principio me daba cada tropezón de espanto. Se me olvidó advertirle al pobre chico.

 

El acomodador, efectivamente se había caído, y se levantó sobándose una rodilla y mascullando entre dientes,

 

_Tenga cuidado _le dijo el caballero, tomándole paternalmente del brazo_. ¿Se hizo usted daño?

 

_No _repuso el acomodador_. Solo fue un porrazo. Es que como soy nuevo, ¿sabe usted?, no conozco bien el camino. Lo único que siento es que se me rompió la linterna eléctrica y no tengo otra de repuesto.

 

_No hay problema _sonrió en la obscuridad el cabalero. Creo saber más o menos a qué altura está la fila veintidós. Magdalena, tú por las dudas dale la mano a este muchacho.

 

Al llegar a la fila que buscaban, el señor amable encendió un fósforo para cerciorarse de que era el número veintidós. Y en efecto lo era.

 

_Gracias, joven _dijo el caballero cediendo el paso a su señora.

 

El muchacho se quedó un rato con la mano extendida en la penumbra, hasta que se aburrió y regresó a la entrada guiándose por la pared.

 

_¡Qué rabia me dan estos tacaños que no dejan propina! _iba diciendo antes de meterse por equivocación en el reservado de las señoras_. Los muy canallas abusan porque soy nuevo…

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de El libro de las comedias”.

 

 


 

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