Ven a mi mundo

 

 

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El tapado *

 

 

 

Quienes hoy tienen veinte años o menos no vivieron una de las tradiciones más originales de la vieja política mexicana: la sucesión presidencial. ¡Ah... el viejo PRI!

 

Un año antes, aproximadamente, del inicio de la campaña del candidato oficial a la primera magistratura, todos los mexicanos llevaban a cabo un ejercicio de futurología tratando de descubrir el nombre de quien sería ungido como el próximo presidente. La tarea tenía un carácter confidencial, pues por supuesto siempre se comunicaba en voz baja. “Va a ser don Adolfo, mi esposa tiene una prima que es muy amiga de su secretaria y ésta le dijo que están preparando la campaña”; otros afirmaban que se los había dicho el mismo Adolfo y a continuación cerraban la frase con “ya la hicimos, compadre”. Algunos más lo hacían por medio de sesudos análisis, en los que señalaban la participación de algún ministro en una tarea relevante: “Vas a ver que el próximo candidato será el licenciado Bartlet, él fue quien asumió el control de la ciudad a la hora del temblor”, mientras el otro respondía: “Estás equivocado, va a ser Carlos Salinas, es el más cercano a Miguel de la Madrid”.

 

Los ciudadanos más simples sólo decían que tal cual les latía, mientras que los asesores de los grandes políticos acumulaban pruebas irrefutables para comunicarle a sus jefes la predicción; existe la anécdota de uno de esto asesores, que penetró emocionado en la oficina de su jefe, un famoso subsecretario, diciéndole que venía de la Secretaría de Gobernación donde le habían dicho que estaba confirmado que el bueno era el licenciado Moya Palencia. El subsecretario leía plácidamente en el periódico de la noche las últimas noticias y se limitó, con suma ternura, a dárselo al intempestivo asesor; en el diario se anunciaba que el candidato era José López Portillo.

 

La televisión, la radio y la prensa no se arriesgaban a emitir un juicio, ni a hacer eco de ningún rumor, sabían que equivocarse significaba su desaparición. A lo más, le daban espacio a los tres o cuatro nombres con mayores posibilidades. Alguna vez se equivocó un periódico que posteriormente vio contados sus días por atacar al que sería el ganador de la contienda. Tal fue el caso del tabloide que cambió los pies de dos fotografías: en una aparecía el rostro de uno de los candidatos, Díaz Ordaz, y en la otra un ídolo prehispánico. Más grave fue el caso de otro periódico, de larga tradición, que cuestionó la actuación del secretario de Gobernación y luego la del presidente de la República durante los movimientos estudiantiles de 1968.

 

Aun los secretarios de Estado, de entre quienes salía el candidato, tenían dudas de cuál de ellos sería designado por el señor presidente. Era parte del juego, un juego que aseguraba la lealtad y garantizaba la entrega en el trabajo de los miembros del régimen. Ser presidente era la mayor aspiración de todos los políticos mexicanos, y quien no creía en esa posibilidad era un mal político que se autodescartaba. Algunos sabían que sus posibilidades eran mínimas, pero no por ello dejaban de actuar buscando la primera magistratura, alentados por su equipo de trabajo que encontraba siempre una forma de halagar a su jefe.

 

En realidad, el mecanismo era perverso, compuesto de rumores generados por el mismo presidente de la República, quien así se aseguraba que el candidato no fuera atacado y, por supuesto, que éste tuviera muy claro siempre que su elección se la debía al antecesor.

 

 

 “El mecanismo era perverso, compuesto de rumores generados por el mismo

presidente de la República, quien así se aseguraba  que el candidato

no fuera atacado y, por supuesto, que éste tuviera muy claro siempre que

su elección se la debía al antecesor...

 

  

Fuente: 101 Rumores y secretos en la historia de México de Marcelo Yarza.

 


 

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