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Subasta de países*

 

 

 

Nueva York, 1 de enero

 

Ayer por la tarde bebí demasiado y esta noche he tenido un sueño extrañísimo.

Me parecía que me hallaba bajo una cúpula inmensa construida de hierro y cristal, colocada sobre la Tierra sin columnas ni pilastras, como una esfera gigantesca cortada por el ecuador.

El pavimento no era de madera ni de cemento, sino de barro apisonado y a trozos húmedo. En medio se levantaba una especie de palco cubierto de manifiestos con letra dorada. Un hombre bajo, casi enano, vestido con un redingote rojo, iba de un lado a otro del palco, con un martillo en una mano y una campana en la otra. En torno al palco, algunas docenas de personas, casi todas mujeres, y estas mujeres, casi todas viejas, encorvadas y vestidas de luto.

Por las conversaciones de mis vecinos —aunque hablasen en voz baja— pude comprender que se trataba de una subasta. El hombre escarlata vociferaba, tocaba la campana y agitaba el martillo, pero sus palabras se confundían con los ecos de la enorme bóveda de cristal.

Al cabo de un rato se hizo el silencio —o me habitué mejor al ruido— y pude comprender el discurso del enano.

—Lote 32. Se vende al mejor postor el reino de Persia. Superficie, dos millones de kilómetros cuadrados; diez millones de habitantes. Excelentes ciudades de arte y de comercio; puertos en el océano Índico y en el mar Caspio. El país produce petróleo, fruta, tapices, opio, poetas y bailarinas. Quinientos setenta kilómetros de ferrocarriles. Precio inicial de subasta: cuarenta y siete mil millones.

Nadie levantó la mano, nadie hizo oferta. El subastador esperó un poco, con el martillo levantado, luego tocó la campana y dijo con voz cansada:

—Lote número 33. Se vende al mejor postor la República de Liberia. Casi cien mil kilómetros cuadrados de superficie; dos millones de habitantes. País exportador de productos tropicales y susceptible de desarrollo. Abundancia de café, de goma, de marfil, de nueces y de aceite de palma. Precio inicial de subasta: cuatro mil seiscientos millones.

Dos viejas se consultaron en voz baja, pero luego encogieron la cabeza y bajaron los ojos. Nadie dio señales de querer adjudicarse la República de Liberia. El subastador, con el mismo rito, gritó:

—Lote número 34. ¡Atención! ¡Importante! Se vende al mejor postor la Unión de Repúblicas Soviéticas con todos sus territorios y dependencias en Europa y en Asia. País vastísimo, recursos inagotables. Más de veinte millones de kilómetros cuadrados poblados por ciento cuarenta millones de habitantes. Ocasión magnífica, gran perspectiva para todos los capitalistas de todos los países. Tierra fértil, subsuelo riquísimo. Grano y legumbres a bajo precio: petróleo, antracita, hierro, cobre, platino, piedras preciosas a voluntad Ocasión única para empresarios y especuladores. Posibilidad de pagos a plazos. Precio base: novecientos setenta y tres mil millones.

Nadie, como de costumbre, se movió. El enano vestido de encarnado parecía muy agitado.

— ¡Novecientos setenta y tres mil millones! —continuaba aullando—. Es un regalo. Negocio seguro. Las estadísticas oficiales a disposición de los compradores. Facilidades de pago. ¡Novecientos mil millones únicamente! Todo comprendido; suelo y subsuelo, ciudades y ferrocarriles, puertos y minas, bosques y lagos, hombres y mujeres. Únicamente con el petróleo se rescatará en diez años el capital invertido. ¡Ocasión maravillosa, que no se presentará más! Valor, señores: ¡únicamente novecientos mil millones! Único y definitivo: ¡ochocientos cincuenta!

Un joven gordo que se hallaba cerca de mí se sentía visiblemente tentado. Le vi avanzar hacia el palco y hablar al oído del subastador. Pero se separó casi en seguida.

—Demasiado obstinado —dijo—. Por seiscientos cincuenta y hasta por setecientos yo hubiera hecho el negocio. 110

Et subastador agitaba la campana y anunciaba un nuevo lote:

—Lote número 35. República de Nicaragua. Ciento cincuenta y seis mil kilómetros; seiscientos cincuenta mil habitantes. País pequeño, pero de gran porvenir. Produce y exporta grandes cantidades de azúcar, café, madera, nueces de coco, pieles y oro. Precio de subasta: setenta mil doscientos millones.

No conseguía moverme de allí, aunque yo hacía como los demás, es decir, no compraba nunca nada. Me parecía que la subasta continuaba sin descanso durante horas y horas. Las viejas vestidas de negro iban por parejas en torno del palco, escuchaban atentamente las cifras anunciadas por el subastador y las comentaban sonriendo. Los hombres estaban menos tranquilos, pero nadie se atrevía a alzar la mano. Uno solamente, que parecía un tratante de bueyes, se decidió al final a comprar la República de Andorra por cuatro millones y medio.

—Me servirá para la caza —dijo a la vieja que tenía al lado, como para excusarse.

El subastador había dejado el martillo y se enjugaba la frente con un pañuelo rojo grande como una toalla. Parecía extenuado, pero dispuesto a continuar hasta que el atlante de la Tierra se hallase en la última página. Sonó la campana más fuerte, para un nuevo lote, pero por fortuna me desperté de aquel sueño monótono y absurdo.

  

 

Tomado de "GOG", libro escrito por Giovani Papini, escritor italiano.

 

Más sobre el autor:

 

Giovanni Papini nace en Florencia, Italia, un 9 de enero de 1881 y mueren esa misma ciudad el 8 de julio de 1956) fue un escritor italiano. Inicialmente escéptico, posteriormente pasó a ser un fervoroso católico. Hijo de un modesto comerciante de muebles de la calle Borgo degli Albizi. lo bautizaron a escondidas para soslayar el fuerte ateísmo de su padre. Giovani fue un niño precoz, introvertido y falto de cariño. Adoptó desde niño un talante escéptico, pero lleno de curiosidad por las diversas doctrinas y religiones. Una de sus ilusiones tempranas, nunca abandonada, era escribir una enciclopedia que resumiera todas las culturas.

 

Gran personaje de la literatura, Papini fue un gran escritor y poeta, uno de los animadores más activos de la renovación cultural y literaria que se produjo en su país a principios del siglo XX, destacando por su desenvoltura a la hora de abordar argumentos de crítica literaria y de filosofía, de religión y de política.

 

Nacido en una familia de condiciones humildes y de formación autodidacta, Giovani Papini fue desde muy joven un infatigable lector de libros de todo género y asiduo visitante de las bibliotecas públicas, donde pudo saciar su enorme sed de conocimientos. Obtuvo el título de maestro y trabajó como bibliotecario en el Museo de Antropología de Florencia, pero a partir de 1903, año en que fundó la revista Leonardo, se volcó con polémico entusiasmo en el periodismo.

 

Agnóstico, anticlerical, pero no obstante siempre abierto a nuevas experiencias espirituales, su actividad periodística le permitió dar rienda suelta a su afición de sorprender y escandalizar a los lectores y de arremeter contra personajes más o menos famosos.

 

Su obra El diablo fue objeto de grandes discusiones y controversias. La crítica europea considera que su mejor obra es Gog, una colección de relatos filosóficos, escritos en un estilo brillante y satírico. Entre sus obras religiosas están La Historia de Cristo, Cartas al Papa Celestino VI, y El Juicio Final. Escribió varios libros de crítica política y eclesiástica, entre los que destacan El libro negro y, especialmente, Un hombre acabado, a la que muchos consideran como su obra maestra.

 


 

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