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La Peste *

 

 

 

 

Albert Camus,

Francia

 

 

La tarde del sermón, cuando llegó Rieux, el viento que se infiltraba en ráfagas cada vez que se abrían las puertas de la entrada circulaba libremente por entre los oyentes. El Padre subió al pulpito en una iglesia fría y silenciosa con una asistencia exclusivamente compuesta de hombres. Habló con un tono dulce y más meditado que la primera vez y, en varias ocasiones, los asistentes advirtieron cierta vacilación en su sermón. Cosa curiosa, ya no decía “Vosotros”, sino “nosotros”.

 

Su voz fue haciéndose más firme. Comenzó por recordar que desde hacía varios meses la peste estaba entre nosotros y que ahora ya la conocíamos bien por haberla visto tantas veces sentarse a nuestra mesa o a la cabecera de los que amábamos, caminar a nuestro lado o esperar nuestra llegada en el lugar donde trabajábamos. Ahora, pues, podíamos seguramente comprender mejor lo que nos iba diciendo sin cesar y que en el primer momento de sorpresa acaso no comprendimos bien. Lo que el Padre Paneloux había predicado en aquel mismo sitio seguía siendo cierto -o por lo menos esta era su convicción-. Pero acaso, como a todos puede suceder, y por esto se golpeaba el pecho, lo había pensado y lo había dicho sin caridad. Lo que seguía siendo cierto es que toda cosa deja algo en nosotros. La prueba más cruel es siempre beneficiosa para el cristiano. Y justamente lo que el cristiano debe procurar es encontrar su beneficio, y saber de qué está hecho ese beneficio, y cuál es el medio de encontrarlo.

 

En ese momento las gentes se arrellanaron un poco en los bancos y se colocaron en la forma más cómoda posible. Una de las hojas acolchadas de la puerta de entrada golpeaba suavemente: alguien se levantó para sujetarla. Y Rieux distraído por ese movimiento escuchó mal a Paneloux que seguía su sermón. Decía, poco más o menos, que no hay que intentar explicarse el espectáculo de la peste, sino intentar aprender de ella lo que se puede aprender. Rieux comprendió confusamente que, según el Padre, no había nada que explicar. Su atención pudo intensificarse cuando Paneloux dijo con firmeza que respecto a Dios había unas cosas que se podían explicar y otras que no. Había con certeza el bien o el mal. Había, por ejemplo, un mal aparentemente necesario y un mal aparentemente inútil. Don Juan hundido en los infiernos y la muerte de un niño. Pues si es justo que el libertino sea fulminado, el sufrimiento de un niño no se puede comprender. Y, a decir verdad, no hay nada sobre la tierra más importante que el sufrimiento de un niño, nada más importante que el horror que este sufrimiento nos pausa ni que las razones que procuraremos encontrarle. Por lo demás, en la vida Dios nos lo facilita todo, y hasta ahí la religión no tiene mérito. Pero en esto nos pone ante un muro infranqueable. Estamos, pues, ante la muralla de la peste y a su sombra mortal tenemos que encontrar nuestro beneficio. El Padre Paneloux no recurrió a las fáciles ventajas que le permitían escalar el muro. Hubiera podido decir que la eternidad de delicias que esperaba al niño le compensaría de su sufrimiento, pero, en verdad, no sabía nada. ¿Quién podría afirmar que una eternidad de dicha puede compensar un instante de dolor humano? No será ciertamente un cristiano, cuyo Maestro ha conocido el dolor en sus miembros y en su alma. No, el Padre seguiría al pie del muro fiel a este desgarramiento cuyo símbolo es la cruz, cara a cara con el sufrimiento de un niño. Y diría sin temor a los que escuchaban ese día: “Hermanos míos, ha llegado el momento en que es preciso creerlo todo o negarlo todo. Y ¿quién de entre vosotros se atrevería a negarlo todo?”.

 

Rieux tuvo apenas tiempo de detenerse a pensar que el Padre estaba bordeando la herejía cuando éste seguía ya afirmando con fuerza que en esta imposición, en esta pura exigencia estaba el beneficio del cristiano. Ahí estaba también su virtud. El Padre sabía que lo que había de excesivo en la virtud de que iba a hablar desagradaría a muchos espíritus acostumbrados a una moral más indulgente y más clásica. Pero la religión del tiempo de peste no podía ser la religión de todos los días. Y si Dios puede admitir, e incluso desear, que el alma repose y goce en el tiempo de la dicha, la quiere extremada en los extremos de la desgracia. Dios hace hoy en día a sus criaturas el don de ponerlas en una desgracia tal que les sea necesario encontrar y asumir la virtud más grande, la de decidir entre Todo o Nada.

 

Paneloux se detuvo y Rieux oyó en ese momento, por debajo de las puertas, los quejidos del viento que parecían redoblarse. El Padre decía que la virtud de aceptación total de que estaba hablando no debía ser comprendida en el restringido sentido que se le daba de ordinario; no se trataba de la trivial resignación ni siquiera de la difícil humildad. Se trataba de humillación, porque el sufrimiento de un niño es humillante para la mente y el corazón, pero precisamente por eso hay que pasar por ello. Precisamente por eso -y Paneloux aseguraba a sus oyentes que lo que iba a decir era difícil de decir- había que quererlo porque Dios lo quería, únicamente así el cristiano no soslayará nada, y sin otra salida, irá al fondo de la decisión esencial. Elegirá creer en todo por no verse reducido a negar todo. Y como las buenas mujeres que en las iglesias, en esos momentos, habiendo oído decir que los bubones que se forman son la vía natural por donde el cuerpo expulsa la infección, dice: “Dios mío, dadles los bubones”, el cristiano se abandonará a la voluntad divina aunque le sea incomprensible. No se puede decir: “Esto lo comprendo, pero esto otro es inaceptable”. Hay que saltar al corazón de lo inaceptable que se nos ofrece, justamente para que podamos hacer nuestra elección. El sufrimiento de los niños es nuestro pan amargo, pero sin ese pan nuestras almas perecerían de hambre espiritual.

 

Aquí, el pequeño bullicio que se oía en las pausas del Padre Paneloux empezó a hacerse sentir, pero súbitamente el predicador recomenzó con energía, como si se dispusiera a preguntar a sus oyentes cuál era la conducta que había que seguir. El Padre Paneloux sospechaba que todos estaban a punto de pronunciar la terrible palabra: fatalismo. Pues bien, no retrocedería ni ante ese término siempre que pudiera añadirle el adjetivo “activo”. Ciertamente, tenía que repetirlo, no había que imitar a los cristianos de Abisinia, de los cuales ya había hablado. Tampoco había que imitar a los apestados de Persia, que lanzaban sus harapos sobre los equipos sanitarios cristianos invocando al cielo a voces para que diese la peste a los infieles, que querían combatir el mal enviado por Dios. Pero tampoco, ni mucho menos, había que imitar a los monjes de El Cairo que en las epidemias del siglo pasado daban la comunión cogiendo la hostia con pinzas para evitar el contacto de aquellas bocas húmedas y calientes donde la infección podía estar dormida. Los pestíferos persas y los monjes pecaban igualmente; pues para los primeros el sufrimiento de un niño no contaba y para los segundos, por el contrario, el miedo, harto humano, al dolor lo había invadido todo. En los dos casos, el problema era soslayado. Todos seguían Sordos a la voz de Dios. Pero había otros ejemplos que Paneloux quería recordar. Según el cronista de la gran peste de Marsella, de los ochenta y un religiosos del convento de la Merced sólo cuatro sobrevivieron a la fiebre, y de esos cuatro tres huyeron. Esto es lo que dijeron los cronistas y su oficio no les obligaba a decir más. Pero al leer estas crónicas, todo el pensamiento del Padre Paneloux iba hacia aquel que había quedado solo, a pesar de los setenta y siete muertos y, sobre todo, a pesar del ejemplo de sus tres hermanos. Y el Padre, pegando con un puño en el borde del pulpito, gritó: “¡Hermanos míos, hay que ser ese que se queda!”  

 

 

* Extracto de “La Peste”

 

 

 “Hermanos míos, ha llegado el momento en que es preciso creerlo todo o negarlo todo.

Y ¿quién de entre vosotros se atrevería a negarlo todo?.

 

  

Albert Camus (1914-1984), escritor francés, conocido mundialmente por dos de sus grandes obras: “La Peste” y “El Extranjero”.

 


 

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