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Misa de seis *

 

 

 

Amado Nervo,

México

 

I

 

Abrióse sin ruido la vidriera y Juanito, que, medio oculto en el marco de un zaguán de la acera opuesta, impacientábase a fuerza de esperar, sintió que el corazón le daba un vuelco: dejó su escondite y fue a colocarse rápidamente al pie del balcón.

Del fondo oscuro de éste se destacó entonces una figura esbelta, de contornos puros, reclinóse sobre el calado barandal y con voz que parecía un susurro dijo al galán, que se había vuelto todo ojos y oídos:

–No puedo hablarte; María se halla en la sala y es fácil que nos oiga; está muy misteriosa hoy, no me pierde de vista; mañana nos veremos en Catedral, en la misa de seis.

Dichas estas palabras, la figura de contornos puros se desvaneció en la sombra y la vidriera se cerró levemente.

Juanito, frotándose las manos de gusto, se alejó de la calle a tiempo que los focos eléctricos, tras un rápido guiño, inundaban de luz pálida las aceras y los relojes públicos daban las seis.
No había doblado aún la esquina cuando entró a la calle, por opuesto rumbo, otro joven que fue a detenerse en el mismo sitio que había servido de refugio al anterior.

La cortinilla del balcón de enfrente se descorrió de nuevo y un par de ojos muy negros atisbaron por un momento el exterior.

A poco las vidrieras volvieron a abrirse, surgió otra vez de la sombra una figura de mujer, e inclinándose  graciosamente sobre el barandal, al pie del cual estaba el oso mencionado, dijo a éste, sotto voce:

–No puedo resolverle hoy nada; Ana está en la pieza inmediata y pudiera oírnos; vaya mañana a misa de seis a Catedral...

 

II

 

Dieron las nueve en el reloj de bronce que pendía de uno de los muros de la elegante salita donde Ana y María, pasada la cena, conversaban fríamente, en tanto que doña Luisa, madre de las niñas, leía un voluminoso tomo de novelas cerca de un elegante velador de metal dorado con cubierta de mármol.

Aún no se extinguían las vibraciones de la última campanada del reloj, cuando Ana se puso de pie y entre bostezo y bostezo dijo a su hermana:
–Tengo sueño y voy a recogerme, no sea que mañana no pueda levantarme temprano para ir a misa.
–Pues ¿qué misa piensas oír? –replicó María con voz temblorosa.
–La de seis en Catedral.
María se puso pálida y murmuró apenas:
–Me despiertas para ir contigo.
–No; no alcanzo a hacerlo; tú irás, como de costumbre, a la de once.
–Pero si yo quiero ir a la de seis –repuso María haciendo pucheros.
–Hace mucho frío...
–No importa...
Ana se puso seria:

–¡Miren la madrugadora! –exclamó con voz irritada–. Se levanta diariamente a las ocho y ahora le ha venido el capricho de mañanear.
–Es que después no me ajusta el tiempo para nada...
–Pues me alegro; lo que es yo no te hablo.
–Le diré a Juana que lo haga.
–¿Y qué empeño es ése...?

–Niñas, niñas –dijo por fin doña Luisa, dejando el libro sobre la mesa y pasándose el índice por los ojos–, ya basta de réplica; irán las dos a misa de seis.

Ana y María se retiraron a su alcoba, y una vez ahí, mientras desataban el pelo rizo que caía en opulentas ondas sobre los hombros y sustituían el traje de casa por el blanco ropaje de lino que velar debía sus formas puras durante el sueño, Ana dijo a su hermana:

–Qué insistencia en ir a la misa de seis, me parece sospechosa.

–Pero ¿qué tiene de particular?

 

FIN

 

 

 “Qué insistencia en ir a la misa de seis, me parece sospechosa....

 

  

Amado (Ruiz de) Nervo y Ordaz era el seudónimo de Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo y Ordaz, poeta y prosista mexicano, perteneciente al movimiento modernista. Amado Nervo fue Embajador de México en Argentina y Uruguay. Nació el 27 de agosto de 1870 en la ciudad de Tepic, en ese entonces en Jalisco, hoy Nayarit, y murió en Montevideo, Uruguay el 24 de mayo de 1919. Fue miembro correspondiente de la Academia Mexicana, no pudo ser miembro de número por residir en el extranjero.

 


 

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