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Katrientje *

 

 

 

23 de febrero de 1944

 

Katrientje estaba delante de la granja, sentada al sol sobre una piedra. La niña meditaba profundamente. Katrientje era una de esas criaturas que con los años se convierten en...1 por haber tenido siempre que pensar mucho. ¿Y en qué pensaba la niña del delantal? Sólo ella lo sabía. A nadie revelaba sus pensamientos; era demasiado reservada.

 

No tenía amigas ni esperaba tenerlas; hasta su madre la encontraba extraña y, por desgracia, la niña se daba cuenta. El padre tenía demasiado trabajo para ocuparse de su única hija. Por eso, Trientje no tenía a nadie más que a sí misma. No le daba pena estar siempre sola; nunca había conocido otra vida y con poco se conformaba.

 

Pero aquella calurosa mañana de verano suspiró profundamente mientras dejaba vagar la mirada por los campos de trigo. ¡Qué hermoso sería poder jugar con aquellas niñas! ¡Cómo corrían y reían! ¡Ellas sí que se divertían!

 

Ahora se acercaban. ¿Irían a buscada? ¡Oh, qué pena, se estaban riendo de ella! Ahora las oía claramente, y la llamaban de aquel modo que ella tanto aborrecía, Trientje la Boba, ese nombre que siempre oía cuchicheara su espalda. ¡Qué desdichada se sentía! De buena gana hubiera echado a correr hacia la casa, pero entonces aún se hubieran reído más.

 

¡Pobrecita, no es la primera vez en tu vida que te sientes desgraciada y ansías la compañía de otras niñas!

 

—¡Trientje, Trien! ¡A comer!

 

La niña se levantó suspirando y, lentamente, entró en la casa.

 

—¡Qué cara de pascuas trae nuestra hija! Ella siempre tan contenta —exclamó la campesina al ver entrar a la niña, más triste que nunca.

 

—¿Es que no puedes decir algo, alguna vez? —continuó la mujer.

 

Su tono era muy áspero, pero ella no se daba cuenta, y es que siempre había deseado tener una niña alegre y retozona.

 

—Sí, mamá.

 

Su voz apenas era perceptible.

 

—Toda la mañana fuera de casa, sin hacer nada. ¿Dónde te has metido?

 

—Ahí fuera.

 

Trientje sentía un nudo en la garganta, pera la madre interpretó malla aflicción de la niña y; llena de curiosidad, se propuso averiguar lo que su hija había estado haciendo durante toda la mañana.

 

—Contesta bien, por una vez. Quiero saber de dónde vienes, ¿lo has entendido? Y basta de bobadas.

 

Al oír la aborrecida palabra, Katrientje no pudo contener las lágrimas.

 

—¡Otra vez llorando! Eres una llorona. ¿Es que no puedes decir de dónde vienes? ¿Acaso es un secreto?

 

La pobre criatura no podía articular palabra. Los sollozos la ahogaban. Se puso en pie de un salto, derribando la silla y salió corriendo de la habitación en dirección a la buhardilla. Una vez allí se dejó caer sobre un montón de sacos que había en un rincón y siguió llorando. Abajo, la campesina, encogiéndose de hombros, empezó a recoger la mesa. La conducta de su hija no le extrañaba. A menudo le daba aquella llantina. Lo mejor era dejarla. ¿Era así como se comportaba una muchacha de doce años?

 

En la buhardilla, Trien, ya más calmada, se puso a reflexionar nuevamente. Lo mejor sería bajar y decide a madre que se pasó la mañana sentada en aquella piedra. Haría todo el trabajo por la tarde. Así vería que no la asustaba trabajar. Si le preguntaba por qué se había pasado toda la mañana sin hacer nada, le diría que porque necesitaba pensar. Aquella tarde, cuando hubiera vendido los huevos, iría al pueblo y le compraría un dedal de plata. Para eso todavía le quedaría bastante dinero. Entonces, su madre vería que no era tan boba. Sus pensamientos se detuvieron un momento. ¿Cómo librarse de aquel detestable mote? ¡Ya tenía la solución! Sí, después de pagar el dedal, le sobraba algo de dinero, compraría una bolsa de Snaapjes (así llaman los niños en Holanda a unos caramelos rojos y pegajosos) y, al día siguiente, los repartiría entre las niñas de la escuela. Entonces les preguntaría si podía jugar con ellas. Así verían que ella también sabía jugar y nunca volverían a llamarla más que Trientje, a secas.

 

Aún un poco temerosa, se levantó y fue al encuentro de su madre. Al verla, ésta le preguntó:

 

—¿Ya se te ha pasado el berrinche?

 

A Trientje le faltó valor para volver a hablar de lo ocurrido. Sin decir palabra, se puso a fregar los cristales de las ventanas.

 

Al caer la tarde, Trientje cogió el cesto de los huevos y se encaminó, presurosa, hacia el pueblo. Al cabo de media hora llegó a la casa de su primera cliente, que la estaba esperando en la puerta, con un plato de porcelana en la mano.

 

—Dame diez huevos, niña -le dijo la señora, amablemente.

 

Trien le entregó lo pedido y después de despedirse, continuó su camino. Tres cuartos de hora más tarde, el cesto estaba vacío. Trien entró en una tiendecita donde sabía que podía encontrar de todo. Salió de allí con un bonito dedal y un cucurucho de caramelos y emprendió el regreso hacia su casa. A mitad del camino, vio venir, en dirección contraria, a dos de las niñas que aquella mañana se habían burlado de ella. Haciendo un esfuerzo, dominó el impulso de esconderse y, con el corazón palpitante, siguió andando.

 

—¡Mira, mira, Trientje la Boba, la Boba, la Boba!

 

Trien perdió todo su valor. Sin saber exactamente lo que hacía, cogió los caramelos y se los tendió a las niñas. Con un movimiento rápido, una de ellas cogió la bolsa y echó a correr. La otra la siguió y, antes de desaparecer en un recodo del camino, se volvió y sacó la lengua.

 

Trientje se dejó caer al lado del camino y rompió a llorar con gran desconsuelo. Lloró y lloró hasta no poder más. Era ya casi de noche cuando cogió nuevamente el cesto, que se había volcado, y se

 

23 de febrero de 1944

 

El que se sienta abandonado, triste o preocupado, que vaya donde pueda estar solo, solo con el cielo, la Naturaleza y Dios; Entonces, sólo entonces, comprenderá que todo es como debe ser y que Dios quiere ver feliz al hombre y por eso le ha rodeado de cosas bellas. Mientras sea así, y así deberá ser siempre, yo sé que, en cualquier circunstancia, hay un consuelo para cada pena, y creo firmemente que la Naturaleza alivia muchos pesares.

 

 

Tomado de “Cuentos del escondite secreto”.

Ana Frank.

 

 

Los cuentos, fábulas y ensayos que se reúnen en el libro antes citado, fueron escritos, como el Diario, en el escondite secreto de su casa en Amsterdam. Ana los guardaba en un cuaderno separado, y no fueron dados a conocer sino hasta años recientes. Sus cuentos son de gran frescura y en ellos deja entrever lo que tal vez hubiera podido llegar a ser si la hubieran dejado vivir.

 

 

Ana Frank nació en 1929 en Frankfurt, Alemania, en el seno de una familia judía que en época de la guerra se trasladó a Holanda cuando Hitler tomó el poder. Años más tarde, los alemanes tomaron Ámsterdam, la familia Frank, quien se resguardaba en un escondite fue capturada. Finalmente Ana, famosa por su Diario, murió en un campo de concentración nazi el año de 1945.

 

 

“El que se sienta abandonado, triste o preocupado, que vaya donde pueda estar solo,

 solo con el cielo, la Naturaleza y Dios”

 

 

Tomado de “Cuentos del escondite secreto” de Ana Frank:.

 


 

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