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El costo de saber *

 

 

 

 

 

Más vale mozo pobre y sabio que rey viejo y necio...

 

 

Después de muchos años, uno llega a la conclusión de que todo en esta vida es aprendizaje, y que ninguna lección sale gratis. Toda lección cuesta. A veces cuesta  dinero o tranquilidad o salud, y en algunos casos extremos hasta la vida misma. Pero quienes no aprenden es porque, esencialmente, no han comprendido esto.

 

El saber suele costar tranquilidad, y esto es tan antiguo que ya está en el Eclesiastés:

 

“Las palabras de los sabios son como aguijadas, o como estacas hincadas, puestas por  un pastor para controlar el rebaño. Lo que de ellas se saca es ilustrarse”.

 

El fin del saber no es ser infeliz, pero con frecuencia el que sabe sufre porque la realidad no siempre es hermosa. El que sabe lo sabe. Saber de algo, conocer acerca de una cosa, es buscarle tres pies al gato. Los que renuncian a saber, creen que la ignorancia es el mejor resguardo de su tranquilidad. ¡Allá ellos! Pero los que aconsejan no saber, no enterarse o no conocer la realidad -iY eso enseñan!-, son los peores consejeros que pueden existir.

 

Con mucha frecuencia, la verdad es triste. En México, tuvimos un Presidente de la República que aconsejaba no leer los periódicos ni enterarse de la realidad para poder ser felices. Era, de algún modo, una prescripción de la ignorancia, en gran medida porque es fama que el que no sabe no teme... lo que le espera.

 

Carlos Fuentes, en cambio, recomendaba saber siempre en vez de ignorar o de esconder la cabeza en un agujero. El saber probablemente nos cause más de una contrariedad e incluso muchas inconformidades y tristezas, pero para Fuentes -así lo escribió- “es mejor estar tristes que estar tontos”.

 

Cohélet, el maestro o predicador, el hombre de la asamblea, es decir (en traducción literal) El Eclesiastés, sabía más que aquel presidente y que todos aquellos que, juntos, recomiendan que la mejor medicina, para la tristeza o la infelicidad, es la ignorancia.

Así nos lo dice Cohélet: “El sabio tiene sus ojos abiertos; mas el necio en las tinieblas camina”. Y concluye: “Más vale mozo pobre y sabio que rey viejo y necio”. No saber o no querer saber, por decisión propia, es lo contrario de la sabiduría. El saber cuesta mucho, pero la ignorancia cuesta más. La ignorancia es más costosa sin duda, a la larga, para cualquier sociedad. El conocer, en cambio, cuesta mucho al principio (y nos saca de nuestra zona de confort), pero después nos entrega dividendos extraordinarios y benéficos para todos aquellos que nos rodean. Por ello, recomendar la ignorancia es una grandísima equivocación.

 

Gabriel García Márquez, con sabia ironía, intituló uno de sus libros de reportajes del siguiente modo: Cuando era feliz e indocumentado. En realidad, no era tan indocumentado y ni siquiera tan feliz, pero el título de su libro se refiere a los años que van de 1957 a 1959 cuando ejercía el periodismo entre Europa y América y era joven (tenía menos de treinta años) y vivía un entusiasmo resuelto y optimista.

 

Ser indocumentado o desinformado es, en alguna medida, ser feliz en el sentido de despreocupado, pero a veces no hay nada más riesgoso ni más costoso que la despreocupación. Quienes viven despreocupados de todo, es decir desinteresados, indocumentados y desinformados pueden ser también víctimas de todos y, por principio de cuentas, de ellos mismos.

 

José Antonio Marina, siempre preocupado porque sus alumnos sepan, es decir conozcan, adviertan y cuestionen, les pide que, por favor, no crean en todo lo que él les dice porque les puede estar tomando el pelo o buscando que repitan sus ideas sin siquiera analizarlas. En su libro Crónicas de la ultra modernidad (Anagrama, Barcelona, 2000) advierte que hay un “sistema de creencias” que se ha vuelto adjetivo, y que por ello conviene estar atentos a la realidad: examinar siempre cada cosa, analizarla, cuestionaría, debatirla, impugnarla incluso, pero no quedarse nadas más con lo que el presunto “sabio” ha dicho. En esto consiste “educar”, explica Marina: educar no para la uniformidad ni mucho menos para la creencia, sino para la autonomía.

 

¡Qué paradoja más grande que ser educado, es decir ilustrado, y no tener opiniones propias sobre nada! El costo de saber es, muchas veces, perder el optimismo respecto de múltiples creencias y tener que enfrentarse con la verdad que no siempre es cómoda. A esto se le llama salir de la ignorancia.

 

A sus lectores, Marina les dice de buen grado: “Les aconsejo que no se fíen de lo que digo. No acepten nada sin mirarlo previamente con lupa. Piensen primero si tengo razón, descubran el eslabón más débil de cada argumento -que es por donde siempre se rompe-, busquen ejemplos en contra, estiren las costuras del discurso para comprobar que aguantan, aplíquenlo a casos diferentes, nieguen lo que afirmo a ver qué pasa, saquen consecuencias y exijan las explicaciones necesarias antes de asentir. Confieso que no me interesan los lectores crédulos, sino los lectores autónomos. Yo no quiero convencerles de nada: quiero saber a qué atenerme y ayudar a formar una mayoría ilustrada”.

 

Esto es el saber y la educación, como los entiende Marina y como, por principio,tendrían que entenderlos todos los sistemas educativos que aspiren a una sociedad ilustrada, participativa, responsable. Enseñar para la autonomía, no para la unanimidad.

 

Marina explica: “Todos estamos sometidos a dependencias, mangoneos, coacciones e influencias porque la sociedad es un tejido de poderes, unos claros y otros oscuros, unos decentes y otros indecentes, entre los cuales intentamos con más o menos fortuna hacer un sitio a nuestra autonomía”.

 

En cuestiones de lectura y escritura, más de una vez lo he dicho porque más de una vez lo he visto: conozco a pésimos promotores y fomentado res de la lectura cuyo logro es haber conseguido que los lectores lean y piensen exactamente lo mismo que ellos: un ejército disciplinado de clones que coincide en todo y que rechaza cuanto juzga diferente.

 

También conozco a muy malos instructores de talleres de poesía que enseñan a los jóvenes a escribir exactamente como ellos. No les permiten desarrollar su propio camino. Los sacan de su ruta y los obligan a cabalgar con ellos. Es otra forma de fomentar la ignorancia.

 

Gabriel Zaid ha advertido que la mejor educación es aquella que no estorba el aprendizaje, sino que lo facilita brindándote puentes y ampliándole los horizontes.  Me parece que Marina y Zaid coinciden en muchas cosas y divergen en otras tantas, pero lo importante, para ambos y para nosotros, es saber para qué sirve saber. Y, con ello, reivindicar que, más allá de la tristeza o la felicidad, todo saber tiene un costo que, por muy alto que sea, siempre será inferior al costo de ignorar.

 

 

Fuente: El autor Juan Domingo Argüelles. Poeta, ensayista, crítico literario y editor. Nacido en 1958 en Chetumal, Quintana Roo, México . 

     

 

      Este escrito me fue compartido por una buena amiga de la ciudad de México, Lilia Mendoza.

       

 

 

 

 


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