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Cien bueyes y dos chivos *

 

 

 

 

Daniel Balmaceda,

Argentina

 

 

En la jerga teatral inglesa se dice que el día del estreno los actores tienen “butterflies in the stomach” (“mariposas en el estómago”) por los nervios de la primera función. Si tuviéramos que definirlo con otras palabras, diríamos que se trata de un hormigueo (o sensación molesta, semejante a la de hormigas corriendo por nuestro cuerpo). Pero además los británicos tenían otro animal que se relacionaba con las funciones de teatro. Una demora en el inicio de la obra provocaría la manifestación que ellos denominan “the bird” (el pájaro) y que no es otra cosa que el pataleo (hecho con las, patas) y el abucheo (el hucha es el “grito para llamar al halcón”), tan característicos del público impaciente en el teatro popular europeo del siglo XVIII.

 

La costumbre es desearles a los actores “mucha merde”, apelando al francés para rebajar un poco la palabra de dudoso gusto. ¿De dónde surge semejante frase de aliento? Lo único seguro es que la merde que se menciona proviene de los caballos. Una versión sostiene que en las principales ciudades europeas, a comienzos del siglo XX, una acumulación de desecho del equino en la puerta del teatro significaba una buena asistencia y, por lo tanto, una considerable recaudación. Desear mucho estiércol en la entrada era sinónimo de augurar una función a sala llena.

 

La otra versión -que tiene menos seguidores- alude a los artistas ambulantes de la Edad Media. Por una cuestión práctica se dirigían a los pueblos donde había aglomeración de gente, lo que aumentaba el número de potenciales espectadores. Esto se daba en los sitios donde se realizaba una feria, actividad que atraía incluso a los hombres y mujeres de poblados vecinos. ¿Y cómo sabían los artistas si había una feria? Observando la cantidad de bosta que encontraban en el camino. Por lo tanto, decirles “mucha merde” significaba desearles que encontraran cantidad suficiente para que les permitiera tomar el rumbo correcto.

 

Más atrás en el tiempo, durante el Imperio Romano y aun antes, algunos adivinos hacían sus pronósticos analizando el canto de los pájaros. Así nació el augurio, contracción de las palabras latinas avium garritus, “el grito de las aves”. Al comenzar una obra se pedía a estos agoreros sus vaticinios. ¿Eran pájaros de mal agüero? No, por lo general sus auguraciones eran buenas. Hoy nosotros llamamos inauguración a todo estreno.

 

Otros adivinos creían más en el vuelo de los pájaros que en los sonidos que emitían. Eran aquellos que realizaban los auspicios o avis spicio, “observación de las aves”. Las ovaciones también fueron cosa de romanos: si un general conseguía una victoria de poca monta, el senado le concedía ese honor. Se llamaba ovación porque durante el acto se inmolaba una oveja (ovis), en lugar del toro ofrecido por las grandes victorias.

 

El fervor religioso llevaba a los griegos a realizar distinto tipo de ofrendas. Por ejemplo, sacrificaban cien bueyes y provocaban hecatombes (hekatón, “ciento” y bous, “buey”), palabra que para nosotros significa desgracia con gran mortandad. Otra de las acciones era la ofrenda de un macho cabrío. Cuando lo mataban, acompañaban la tarea con un canto, tragodia (derivado de tragos, “macho cabrío” yade, “canto”), que con el tiem, po derivó en la obra dramática denominada tragedia. El pobre chivo tampoco se salvaba con los hebreos. Lo usaban para expiar sus culpas, lanzándolo por un precipicio (chivo expiatorio) o cargándolo con pecados y soltándolo en el desierto para que se alejara (chivo emisario), según se expresa en el Antiguo Testamento.

 

Lejos de dejarse utilizar para prenda de sacrificios como el maleable chivo, el oso fue de todas maneras útil para la construcción de palabras. Los antiguos llamaron antártico al Polo Sur porque se oponía al Polo Norte, el ártico, donde estaba la Osa Mayor: arktos es “oso” en griego. Esta palabra también dio lugar al nombre Arturo, “guardián de oso”. Septentrión, por su parte, se refiere a los siete (septem) bueyes que aran (triones).Representan las siete estrellas que parecen empujar el carro que se dibuja en la ya mencionada constelación de la Osa Mayor.

 

Ciertos filósofos, entre ellos Diógenes, fueron bautizados cínicos, del griego kynikos -éste de kyon, “perro”)- porque parecían estar siempre ladrando y gruñendo al género humano. Asimismo, la jauría de perros, o canes, se conoció como canalla y esta palabra pasó a designar a un grupo de “gente baja, ruin”. De vuelta al campo de los sabios., Aristóteles fundó una escuela en Atenas. La llamó Liceo en homenaje a un templo cercano dedicado a Apolo Lykeois, “Apolo el matador de lobos” (el vocablo griego para mencionar a estos animales era lukos). Allí mismo en Atenas, se enfrentaba a la tiranía mediante el voto popular. Los ciudadanos escribían el nombre de la persona que juzgaban peligrosa para la democracia en el caparazón de una ostra. Hoy, destierro y ostracismo tienen significados similares.

 

En otro rincón de la historia, tenemos la palabra griega ichthus que significa pez. Más adelante, los cristianos simbolizaron a Jesucristo en el pez porque las letras de ichthus son las iniciales de las palabras griegas lesousChristos, Theou UiosSoter, “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador”.

 

 

 “Una versión sostiene que en las principales ciudades europeas, a comienzos del siglo XX,

una acumulación de desecho del equino en la puerta del teatro significaba una buena asistencia

y, por lo tanto, una considerable recaudación. Desear mucho estiércol en la entrada

era sinónimo de augurar una función a sala llena

 

  

Tomado del Libro de Daniel Balmaceda, “Historia de las palabras”. Daniel Balmaceda nació en Buenos Aires, Argentina y es peiodista, graduado en la Universidad Católica Argentina y Miembro de la Sociedad Argentina de Historiadores.

 


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