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Los chicles de Santa Anna *

 

 

 

Sin lugar a dudas Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón (1794-1876) es uno de los personajes más polémicos y que mayores pasiones despierta en la historia de México. Político y militar destacado, defensor de la República y mal vendedor de buena parte de la misma, el multipresidente -se sentó en la silla más alta del país en once ocasiones- es una de las monografías menos requeridas por los niños de las primarias.

 

El hombre de los claroscuros ha sido convertido por la historia oficial en un simple villano. Aliado, según el momento histórico, de los conservadores, los realistas, los liberales, los monárquicos o los insurgentes, Antonio López de Santa Anna luchó al Iado de todos los personajes importantes de su época, pero también contra todos ellos. Ni a su familia le supo guardar fidelidad: después de pelear codo a codo con su hermano Manuel, Antonio se enfrentó a éste e incluso aceptó el gobierno de Veracruz de manos del mismo régimen que desterraba a Manuel. Se puede decir que la suya fue una vida marcada por la pura ambición, pero también se puede afirmar que, aunque cual veleta, se trataba de una vida dedicada, más bien, a la búsqueda del bien mayor para México. Una búsqueda que, como la vida misma de Santa Anna, durante el siglo XIX dio vuelcos inesperados y contradictorios.

 

Un personaje como éste no podía estar exento de leyendas, mitos negros y rumores. Que si vendió Texas por unos centavos, que si tenía un problema de adicción a los jovencitos, que si recibió una fortuna personal por la venta del territorio. Pero de entre todo lo que se cuenta sobre su vida, hay algo que sobresale precisamente por mantenerse alejado de la imagen del político y el militar. Se trata de los chicles de Santa Anna.

 

Y es que hay quienes aseguran que la antigua costumbre mexicana de masticar la goma que se obtiene al exprimir la corteza del chicozapote, una práctica que se conservó durante la Colonia y en los años del México independiente, fue globalizada por un conocido de Santa Anna, quien, tras ser desterrado del país cuando su gobierno fue desconocido por los liberales unidos bajo la bandera del Plan de Ayuda, viajó a Estados Unidos, donde conoció a Thomas Adams.

 

En una de las reuniones que Santa Anna sostuvo con su amigo, el estadounidense se dio cuenta de que el general mexicano arrancaba pedazos de una tableta muy extraña que después masticaba, sin tragar, durante largos periodos. Intrigado, el señor Adams se interesó muchísimo por la resina, sobre la cual investigó todo lo necesario hasta que comenzó la industrialización de un nuevo producto: el chicle.

 

Thomas Adams estuvo seguro, desde el primer momento, que aquella goma sería un negociazo, por lo que importó 2,300 kilos de resina, que después convirtió en bolitas. Como sabemos, estas bolitas se hicieron muy populares en Estados Unidos y hoy son uno de los productos de mayor venta en el mundo, para coraje de los dentistas. La primera fábrica de chicles que hubo en el orbe se llamó, precisamente Adams Chewing Gum.

 

 

 “Como ya todos sabemos, estas bolitas se hicieron muy populares en Estados Unidos

y hoy son uno de los productos de mayor venta en el mundo...

 

  

Fuente: 101 Rumores y secretos en la historia de México de Marcelo Yarza.

 


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