Ven a mi mundo

 

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Asomarse a la muerte *

 

 

 

 

Arnoldo Kraus

México

 

 

Cuando la muerte nos abraza para siempre es, dice Arnoldo
Kraus —médico y escritor—, el instante de instantes, el segundo
eterno de decir adiós.

 

En el umbral de la muerte se escribe, se habla, se mira hacia dentro, se mira hacia fuera, se mira hacia el dintel. Nada escapa: el pasado se convierte en presente y el presente en diálogo con los vivos, con los muertos, con uno. En el umbral de la muerte la vida se interrumpe, se para, se detiene. Se detiene un instante, un breve instante. Un instante tan corto como la suma de todas las vidas sepultadas. Ante las puertas de la muerte la vida escapa, marcha, se esfuma. Se va. Se va para siempre. Llega la muerte. Queda el vacío.


El vacío inentendible. El hueco insostenible. El que se profundiza a pesar de las jambas, de las dovelas, de las varillas, de los ladrillos y del cemento que solían pegar las piezas de la vida. Llega la muerte. Queda el vacío. El vacío imposible. El que no admite ni palas, ni tierra, ni pinos, ni Palabras, ni silencio. El vacío va n o. El vacío que carece de realidad y sustancia. En el umbral de la muerte la vida calla. Llega la muerte. La muerte siempre llega, siempre se queda. La muerte llena el vacío: la ausencia
es total.

 

La vida nos habita un tiempo breve, un tiempo corto. Mientras dura, aunque duela, semeja un poema. Un pequeño poema que detiene la muerte, que posterga la desaparición. La vida zurce sueños, teje deseos, siembra palabras. La vida habla: “Vivir es ver volver” escribió Azorín. Vivir es saber morir. La vida es efímera, fugaz. La muerte nos abraza para siempre: es el instante de instantes. Nos recuerda que somos vientre y alma. De la madre, del padre, de los días. Salvo la muerte, todo finaliza.
 

En el umbral de la muerte hablan los seres queridos: “Quédate conmigo”. Duele menos aguardar tomado de la mano, de las manos, de las palabras. Lacera menos despedirse arropado por la vida. Duele menos hablar que callar. Hablar es regresar, callar es morir. Hablar es tallar, callar es sepultar. Ante las puertas del final las palabras mitigan el llanto de las almas ulceradas. ¿Cuánta luz se requiere para que el muerto marche en paz? ¿Cuánta para que los deudos acepten el adiós?
 

El momento entre la vida y la eternidad es inasible: dura lo que tarda una bocanada de humo, lo que perdura un suspiro. Ese momento es impalpable e intocable. Dura lo que tarda la vida en marchar. Ante la muerte, se cavila, se escribe, se voltea. Son los moribundos quienes hablan con sus muertos: ¿Qué hacer sino hablar? ¿Qué hacer sino mirar hacia atrás? Los poetas de haiku lo dicen bien. Reza el haiku de Kinko: “En la vasta y vacía / noche de otoño / amanece”. Vasta y vacía, noche y luz. Todo se entrelaza cuando la muerte asoma: lo vasto se llena del vacío, la noche del amanecer.
 

En el umbral de la muerte se mira: un segundo atrás la vida, un segundo después la muerte. ¿Qué decir durante el segundo que separa el tiempo de la vida del tiempo de la muerte? Todo lo que mane del alma: el nombre de pila, el nombre del vientre, los nombres de las calles, los recuerdos de la escuela, de los veranos, de la mesa con los padres y hermanos. Decir el teléfono de la casa vieja. Recordar la dirección donde vivimos y crecimos y jugamos y estudiamos y nos rebelamos y nos hicimos grandes y nos reímos y lloramos y caminamos sin saber que existía la muerte. Decir el nombre propio que no es de uno sino de ellos. Rascar el alma y decir lo que no se dijo.
 

Abrir la piel y rasgar las venas. Dar paso a la verdad y voz a la sangre. Manosear los recuerdos y sorber de las tierras del pasado. Decir que duele menos la muerte que la vida sin sentido. Saber decir “se acabó”. Saber decir “hasta aquí”. Saber escuchar lo que se observa: El cuerpo lánguido y enjuto que respira con tal de no morir duele más que la muerte. Decir te quiero. Tomar las manos. Decir “un momento”. Detener los tiempos. Mirar hacia atrás y mirarse hacia dentro antes de que llegue el segundo que divide el tiempo de la vida del tiempo de la muerte. Decir durante ese segundo eterno todo lo que no se dijo. Decir sin dejar de pronunciar el nombre. Decir adiós. Decir adiós y gracias.

 

 

 “Ante las puertas de la muerte la vida escapa, marcha, se esfuma. Se va. 

Se va para siempre. Llega la muerte. Queda el vacío....

 

  

Arnoldo Kraus, escritor y médico mexicano..Imparte clases de ética médica en el posgrado de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México. Es miembro del Colegio de Bioética. Colabora semanalmente en el periódico La Jornada, así como en diversas revistas culturales. Autor de textos indispensables en el debate nacional en torno a la bioética. Ha publicado ocho libros. Morir antes de morir; Una receta para no moris, Cartas a un joven médico; El tiempo Alzheimer (Taurus, 2007) es el último. En 2010 aparecerá bajo el sello Almadía un libro de ensayos intitulado “Aproximaciones a la muerte...”.

 


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